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viernes, 28 de septiembre de 2012


Poema de las interrogantes

Como las quejas pacen los corderos. Se mueven al ritmo del mismo llanto. No sé guiarlas a ellas ni saber por qué motivo se derraman al fondo de los humedales y parecen camarones a la vista. El cielo azul y estúpido. El aire muy ralo y flácido para ascender. Los globos de Telcel caen como monedas y rie la cara hipócrita de Slim. Todo quieto, como si no pasasen aullando los lobos tendidos en la ribera agreste. 

No es bueno salir a caminar los vericuetos oscuros, hay marihuanas creciendo a la intemperie  y los gorilas que le robaron la voz a una cantante de tango se ocultan y niegan sus dones, piden a una rana que les devuelva su alma. Los niños se inmutan ante esta rareza. 

Yo canto un tango rememorando a  los contratenores y suplico por mi niñez perdida. Resueno como un mueble ronco y añejo, cubierto de un polvo finísimo y húmedo, a gotas envueltas de talco que danzan sin tocarse. Lanzo una maroma al aire y nadie la observa. Canto en tesitura de ragazzo y las hembras ríen y me consideran gracioso.

En la ventana hay una niña que sonríe al saber que yo no puedo. Si yo riese ella lloraría. O cantaría en un registro imposible.  Para que las sirenas rasgaran las prendas con cuchillos afilados con las piedras de un río llamado llanto. 

Mis encías están corroídas y manan pus. Los alacranes se dan un festín y miran las novedades de los periódicos, guerras del medio oriente y bolsas a punto de la quiebra. Medidas de austeridad y demás cosas de la cotidianeidad. 

Escucho las sonatas que más gusto, composiciones de arpa, arias escritas para castrato y demás rarezas. 

Como si no hubiese que mutarse y convertirse en un ser tan descascarado y apático, encorvado como un sauce a orillas de un río, mirando su triste figura y necios ímpetus en seguir creciendo a la mentira, porque a eso sabe a veces el abandonar esa pureza de la infancia, ese cutis y esa voz que no quisiera jamás haber perdido. 

Bella l’alba resuena como un ritornelo en mi mente y se combina con otras arias dulces y se confunde con las voces de los otros sopranos.  

Yo tendía a exagerar y decir que nada me salía bien. Mi amigo se molestó y frunció el ceño. Yo vi su boquita graciosa hacer un gesto novedoso a mis ojos. Sonríe de nuevo, amor están las calandrias en la arrulladora muerte vestidas todas para el concurso de las cigarrras y los clavecines. Rompan las lombrices su cintura de ámbar y sus nervios se deshilen y midan la circunferencia del mundo interminablemente. Taladros y un muñon verde atrás de la catedral. Los cristos falsos en sus tumbas falsas. La sangre manando por las rodillas de los ingenuos que hacen inútil penitencia. Cráteres explotando y una pupila dilatándose de nuevo, como burlándose de mi tristeza con su inmensa alegría y lo inútil de mis intentos, salamandra al mar que ruega unas aletas. Barquillo de nieve en trópico devorado por el dios tiburón Baka Wanga en respuesta a sus pecados que no pudo evitar cometer.

 Estaba escrito. Nos castigan los genes porque sí, porque son unos imbéciles que les vale ver nuestros anhelos rotos y nuestra vida hecha una mies rancia que no germinará ni podrá servir de provecho. Pero me insisten en que no me suicide, que hay cosas como el cine y no sé cuantas mamadas que no aliviarán mi tristeza, pero distraerán mi espera de la muerte. 

Me cuesta trabajo recordar esas cosas que alguna vez iluminaron mi mente y que ahora están como regueros de pólvora sobre los cadáveres innombrables, anónimos. Me voy a unir con ellos y nadie conocerá el único sentido de mi vida, no un perfume que tiene el poder del amor, sino algo más modesto, pero por ello mismo útil para mi minúsculo cuerpo fatigado, lo suficiente para consolarme de esta vida perra.

Ya no me dediqué a la pintura. Abandoné mis óleos y están arrumbados como mierdas de perro escondidas por un niño flojo. Me decepciono, a veces, tanto de mi mismo. No estoy a mi propia altura en este momento. Si hallaran ese texto y con él me midieran... He decaído, todos decaemos y no hay remedio para esta situación. 

Hoy ni me siento poeta ni estoy de buen humor para componer un sabroso soneto o una letra de tango, que ni bailar sé. Pero estaré, de todos modos, listo para irme a presentar a hacer bailar la mona para emocionar a los muchachitos. Entonaré un par de tangos con voz de hebra deslavada, como esa hembra con la voz oscura de callejón y de arrabal. Nada de gozo mozartiano. Una gélida canción avanzando como un camaleón tras la mariposa, como un cordero tiritando de frío en medio de un páramo inmenso. Las hierbas altas cubriendo los tigres que acechan y a los venablos que  suplican clavarse en un muslo tierno. 

Los potros corren tras los despeñaderos y los trozan los mandriles para devorarlos. Los mandriles edifican un templo con los huesos de los potros y adoran a un dios de barro, como se adora alrededor del mundo a dioses sin importancia y nacionalismos absurdos, falsas conciencias, diferencias donde no las hay. El lobo de Tasmania está sediento en su jaula y lo acompaña Alessandro Morechi cantando con su voz destemplada y enjuta. Ambos se extinguirán y quedarán sólo sus restos,  y los observaremos como los últimos y más débiles especímenes de su otrora gloriosa estirpe. Al verlos no comprenderemos el porqué de su antigua gloria. Nos parecerán grotescos.

Así las antiguas heredades y los portentos de la naturaleza son opacados por las no muy sabias acciones de la modernidad. Estamos todos hasta el cuello del supuesto progreso y no damos en el clavo. Hemos devorado sin cesar este mundo y estamos al borde del colapso. Habrá que decirle al rubito que entonces ni él tendrá motivos para seguir riendo, pues incluso a él la muerte y el smog eterno lo sepultarán como a cualquier vagabundo que no es hijo de Zeus. Canturrearé, entonces, en ese apocalipsis de los profetas, ángeles con trompetas que al mundo parten, el dolor imparten, y el castigo, muestra del fracaso del supuesto plan maestro de un dios que no supo hacer las cosas mas tuvo la vanidad de hacerlo creer. 

Oye mis insultos, Dios: inexistente perra de grandes ubres, manantial de leche cortada donde manatíes de sangre ruedan como naranjas que caen de un cesto de una verdulera y roban los muchachos hambrientos. Esos muchachos a los que tu amor les vale madre que murió al darlos a luz. ¿No te arrepientes de crear el más mísero de los mundos? ¿No te arrepientes de crear este absurdo donde rodamos piedra cuesta arriba para que vuelva a tierra? ¿O es tanta, de plano, tu perversidad y tu falta de escrúpulos? Al fin y al cabo Dios es como los políticos, cuando tienen el poder se vuelven tan adictos a su embriagante sabor, y juegan con la humanidad como un niño juega con una araña arrancándole las patas para ver cómo sufre y si se retuerce. Y cuando se aburrido de ella, simplemente la aplasta y la echa al suelo.