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miércoles, 20 de febrero de 2013

Mutilo el sol con mis propios dientes para ejercitarme un poco en el sueño nuevo. Corren los atardeceres tras mis manos rotas de sangre envenenada. Ruge el amarillo en torno a mis párpados sedientos de ruiseñor agotado. Soy mi propia sangre muda ante la expectación del arcoíris de un duende robado. Cuanta saudade llega del mar con su voz de brasileña añorada, brisa y mar calmo al calor de la arena. Cuanta saudade en esta rúa en que jamás imaginé un amor así. Todo se mezcla y omito la advertencia de los dioses, que reprimen la libertad poética con sus leyes y sus fórmulas canónicas. Una niña de ojo enorme chorreando sangre en un uniforme nazi cayó en un lienzo y se quedó pegada mientras el pato Donald, héroe del pintor, estaba impávido y alegre frente a la multitud de aceros y potrancas bufando duro. Responde desde la soledad el firmamento náuseo mi clarividencia de polilla vetada de los medios públicos. Mi ignorado silencio que no tritura la casa de muñecas, que suele pinchar a un oso de peluche como a un toro diminuto. Era hermano del panda. Sí, del panda que vio el matrimonio entre el perro y el conejo al borde del asiento. El padre era muy represor y comía mis ansias de liberarme de sus cadenas brutas.

Ayer conté cómo un alacrán añejo se posó en mis labios para murmurar un secreto nuevo. No creo que sea capaz de convertir el mismo formol de los cadáveres en el vino de mi boda con la muerte. Y, brazo a brazo con la muerte, callo besando su calva oscura y ceniza, mordiendo sus labios resecos de naturaleza muerta al sol de verano. Ahorco quedamente el cuello blando de un ciervo con cuerpo de mazorca y cintura de palmera aceitunada.

Entre los Doctores de la ley del bisturí, estaré listo para el 24 de Diciembre. A la rorro.

Yo te seguía como un lucero errante entre la noche sonámbula.Te seguía caminando entre las aguas de humeantes manantiales. Los altos pastos ocultaban los tigres de robustas patas y largos dientes. Ocultaban mi propio corazón entre las matas. Allí dejé mi sueño reposar.Y me miraba conteniendo la risa, que escapaba bajo la nariz. Tal vez rió bajo la tierra, para no hacer notar sus carcajadas de oboe solitario.
Quisiera verlo reír. Si así sonrió, ¿cómo será su canto de alegría? No atisbo a comprender todas las posibilidades.


viernes, 15 de febrero de 2013

Poema del Papa y Mozart


Yo siempre supe que don Benedicto gozaba de un alma eternamente joven.
Dios selló con un beso de amor a su hitleriana juventud
y la mantuvo viva en su vejez achacosa y artrítica.
Su participación en guerra fue cruzada santa.
La de Hitler: el iluminado.

Renunció Benedicto, inmaculado, por su falta de fuerza.
Dios, en lo alto, le prometió el futuro paraíso
al lado de San Pedro.
Eternamente es joven y anclado a los siglos pasados.
Su mente sigue igual de moza que en el XVI, su siglo preferido.

Es un humilde pastor de ovejas
que no duda en cenarlas
con el sufrimiento como aderezo.
Hombre es de la viña del Señor del Capital
disfrazado de amor.

Piensa en su ser dogmático y oscuro:
Falso es que el cristianismo sea etnocida:
sólo venían a convertir las almas y, de paso,
hacer dineros en nombre de Cristo,
que siempre predicó en sus mandamientos:
"Edifiquen San Pedro los unos y los otros,
como yo los he edificado"
"Y al César lo qué es del Cesar
y al Papa las limosnas"

A Alejandro Bermúdez le podría
parecer muy absurdo lo que digo
acerca de su Papa que, para ellos,
a Cristo representa en nuestra Tierra.

II

Mas Benedicto buenos gustos tiene
en cuanto al apreciar la bella música
Mozart creó,
bien lo dice,
la música mas bella,
en perfecta armonía
cual hombre no pudiera
en los siglos posteriores
igualar en su pureza y madurez.

Todos le quisieran igualar
en su vasta humana calidez
en  su nota oscura y luminosa.
Lacrimoso eterno por el mundo
cantando el Kirye eléison pecho a pecho con la humanidad.

 III

Exsultate,
Jubilate:
le ha nacido un niño al lago de Salzburgo   
que será para los hombres un canto de gloria.
Aleeluuya,
aleeluuuya.

Aleeluuya.
Aleeluuya.

Viva el prodigo humano,
viva fuera de dogmas
que nos atan y que son un lastre,
prisiones a nuestro entendimiento.
Música más divina
que el Dios de las escrituras:
Fiel retrato del hombre
en su íntima música (...)




El clavecín

Sueño pesado. En sábanas revuelto, viene tu nombre inexacto a perturbarme con un bochorno de otras existencias. La noche pasa con su río de luces parpadeantes sobre los agujeros de la cortina. Rompen tus recuerdos como los dedos torpes de la niña en esa madrugada en que, sometida por un cruel padre sordo, tocaba las teclas con alfiler. Se escuchan al unísono las notas y el quejido.

Antes miraba a tu padre rígido y severo mirarme con fruncido ceño en su película casera. Tú estabas sentada el borde de la cama, con rostro de castigo y susto, con expresión de terror a cometer una falla que pudiera hacer explotar a tu padre. Tus hermanos pasaban frente a ti y tu hermana te abofeteaba a escondidas de los demás. No tenía ningún derecho.

En mis sueños cinematográficos puse tu película: allí te vi en fina estampa expuesta con tu rostro de niña y tu mutismo dilatándose en tus ojos chispeantes de auxilio.  La niña del clavecín que tocaba minuetos de Haendel con una parsimonia melancólica y danzaba al ritmo de las notas, como haciéndose chiquita y meditando ante el teclado. Eras diminuta e invariante como las notas del instrumento, pero al mismo tiempo ágil en tus notas, que variaban como las humedades de tu pupila dilatándose como cuando uno ama.

Parto,
te dejo,
te dejo
amada.

Mas al partir yo siento
un insufrible tormento.
Es tanta mi amargura
que no será mayor que la del morir.

Recuerdo esa aria de Porpora. Te veo extrañamente diluida  Con ojos de ciego pero con tu voz que se hace más grande que tu propio ser. Como si en el cantar se te fuera el alma y no importara nunca más el cuerpo. Cantando con la tesitura que yo tenía de niño. Imitando a un ragazzo que era yo. Muchas veces te imagino cantando el Ideale de Tosti en las escaleras de la escuela. Vestida con un traje. Con tu actitud andrógina retando al mundo de los convencionalismos que dice que el amor tiene reglas de sexo y genitales. A la basura tirara todo aquello. Sólo una mente frente a otra mente el amor. Sólo un ser frente a otro entre la tiniebla de la estupidez humana. Sólo el amor venciendo las barrotes inútiles impuestos por el dogma recalcitrante de las autoridades que oprimen el entendimiento.

Yo en tus brazos reposo. O tú en los míos. Eso ya no tiene importancia. De quién sea la voz no es necesario saberlo. Vibra en ambos y la abrazamos con el mismo cuerpo, con el mismo tacto. La música nos hace, de cierto modo, hermanos. Es una comunión más grande que cualquier ostia levantada por el brazo del que se presume dueño de la verdad. Que se queden los curas con el cuerpo de Cristo que devorarán fieles caníbales. Tu y yo sabemos que este secreto de música no volverá a repetirse más y que no precisa de la mirada de ese Dios celoso y castigador.

La música reía y lloraba con nosotros. Una rosa desfloró en la sala. Tu padre fue una clepsidra que rompía en los acantilados del filo musical. No existe más. Nunca existió. Era producto de las pesadillas. En sueño lúcido de notas lo hemos derrotado.

Cuando desperté recordé haberte visto llorar en esa película hecha por mi subconsciente  Con recortes de conciertos sabatinos y violines que empiezan a afinar el sueño.

Espero volverte a soñar... También al niño Mozart que en la bañera inflaba burbujas musicales con su flauta de carrizo. Quiero verlos a los dos hacer un dueto en la almohada. Será nuestro secreto.

lunes, 11 de febrero de 2013

Otro poema automático

Un poema automático me puso a hacer Ariodante, y en mi vida me he visto en tal aprieto, con mi perdido reino rematado al son de la cuchilla y consonante. De surrealista esencia bretoniana con un cadáver insigne encumbrado sin sus prejuicios. Háganme pedazos. Y digan mis maldades ante el mundo. Copiad y pegad aquí. Plagiad mi desnudez errante y dura. Plagien mi soledad, portento raro, ínsula extraña bajo un matorral de peces- cebra camuflando el mar...

Rara comensal en la bebida añeja. Abeja amiga en mi muñón derecho. Rudo cierzo invernal, dame los aros de una amistad de hoy. Yo no contaba ser como el carnaval en cinco leguas. Sed de no haber comido y llegar tarde a la casa y el mar embravecido . Canallas de la Iglesia  no me toquen. Soy un hombre hecho a golpes de martillo.

El cincel calla como la emoción del sumirse en el éxtasis y el trance que deseo para escapar de la estupidez.

Te vamos a contar el cuento de la camaradería y el tocar de las teclas vírgenes que roban el mar de las candelas.

Calor de mis dedos irisando el corazón de los mendigos con su amor de luz y hebra indecorosa. Muerte en la calle con los violines hechos trizas y la mandíbula rota.

No te extraña cuando rompes tu llanto en mis oídos ni mugen los caracoles sus cuernos invisibles.

Hipocampos que me torturan y no me dejan pasar el rato de películas pirata en la banqueta sordas. La viejita y los chiles verdes. camarón y azúcar. Carnes de barbacoa y la calle del ejido. Cornada del toro en la vejiga. sangre de apasto añejada en whisky como el de mi madre en la alacena mi cigarrera en la basura mojada. Soy todo oídos a este silencio que, espero, me posea y sea digno de adentrarse en mí como un amigo verdadero, como un amante incauto y pleno de sí. Pulpos en sus brazos rezumando venas de sabiduría.

Números y cifras coleccionan cisnes de grapas y folios de la oficina de mi madre. Frida Kahlo en la oficina de la Jefa. Su hijo era muy travieso y asomaba la pata por la ventana. Trepaba por la pared. Entre las piernas de un médico. No recuerdo y confundo Villa Coapa con un puente en donde no cabe la anchura de un hilo. Un hilo tendí a la sombra de los sauces para conservar mi cutis de princesa de cuento y dejarme besar por el mole de la reunión y quitarle el precio al pastel de mi angustia mecida y carcomida por las ansias y el desfiladero chingón que no te come en una cena, sino que te devora en la metralla de los héroes soñados. Balean en el cine a cuanto quieren. Odio las balaceras.

Me quedo sordo de oídos y lengua ante el sabor irritante del no poder soñar de nuevo con el instante en que puedo ser yo. no otro considerando el vivir como una frustración normal en que movemos el asfalto contando las manos en la misa de muertos somos como un filósofo dormitando en el budismo abtracto mientras comen mi propia hambre las luciérnagas enterradas con el talco de mis huesos viejos. Regáñenme con su carita de mimbre y las niñas con expresión de pasta dental no comprada. El comercial es un clavo en mis pies de Cristo. La publicidad es una cruz inenarrable que tomo en mis espaldas bajo el Golgotémex.

Tararea el sol maritirio insatisfecho que pronuncia apenas su más triste cordura consciente  Cáliz de la rosa en ebullición horrenda. Baches en cada escuela y compañeras sorteándolos. Yo imaginé una rosa caminante en el patio escolar y me horroriza en ciierto modo ello. Las hormigas en la jardinera y la muchacha Stephanie mirándome con ojos tan raros. Yo tenía un cuaderno donde escribí cuentos de dioses pájaro que naufragaban con icebergs titánicos y no se besaban en los labios como en aquella película que me tiró la cartulina de las manos. Era, a propósito, el acto de modestia y las raras avispas que me pinchan. No te detengas, que la velocidad hace honestas a las manitas. No te detengas, cuero, abejorro asaltado de preguntas. Antítesis cubiertas de venablos y súplicas que ya utilicé en otro poema.

No quiero volver. Tengo tanto miedo de no agradarte. Misa que ofrece un cura al fondo de la cueva y cirios que apagan mi conciencia con las anémicas y desgracias de voladoras prostitutas de Tlalpan. Una avenida a cántaros no cesa ni mi total asco ante la inmensidad expansiva de la explosión de mugre y excremento de una sociedad devoradora. tulipanes verberan. holandeses y contorsionistas. Museos bellos y clases de francés. Yo dije a mi amiga que debería estudiarlo, pero la muy necia... me siento cansado y traicionando mis convicciones.

Un psicólogo me preguntaría por mi discurso vacuo y sinsentido de albóndiga rota come como quieras en el parque o en el monte difícil de rodear.

Mi escuela hecha de trozos y memorias oscuras. Una escalera donde pasó con su bigote serio ignorándome. Fuiste al salón y tanta mi alegría. Un dilatar de las pupilas. Un temblar de estos brazos en la alcoba. Rancio elemento finge una palabra de perdón. Insignificante modestia. Insignificante falta de escrúpulos.

No me gusta la papa caliente enmedio de la función genial de guitarras mudas. Guárdate tus comentarios e investiga. Pinche niño labio leporino. Cuando aprendas a hablar, vuelve a marcar. Mis deditos tiemblan y cuelgo el teléfono. No saben nada. El talco escupo y remiendo el perro de suéter rojo abrazándolo y cantando con el micrófono glorioso.

Piano mojado por el orín de Dios nematóforo, cocodrilo, oscuro omóplato. Los caireles de mi sien judaica imploran por una gorra ptloemaica perdida en batallas ancianas. El Julio Cesare me cantará con sus patas de jirafa y su cabeza de ganso en una turba concurrida y molesta por el humo siempre burbujeante de las sodas y el comensal nunca satisfecho. Tengo hambre y no he comido quesadillas de sesos y mi bebida de azúcar y maltosa. Extractos de mi consideración ambigüa y carente de orden lógico. Falsa armonía de toques spirifláuticos.

No puedo escribir como me es pedido por mi propia conciencia. Me traiciona el ser mismo desde adentro y no tiene piedad ante mis súplicas en la que le pido un instante de gloria. Uno solo. Mon coeur s'ouvre a ta voix como una mazorca se abre ante el golpe del hacha, como las hembras se abren ante el cielo potente de truenos vivos. Naranjas amaestradas por la madre de las sacerdotizas. Una araña al fondo del asunto me dice que miento y que esto no es verdad, pero yo zopilotes de furia corro en mis pupilas y reviento con el sapo en la nuca para admirarme de mi locura y presumirla ante el mundo desquiciado, lengua de colibrí bajo el acecho de multitudes formadas bajo el mismo lucro informativo de matar cien capos de la droga.

Te informamos que fue el Papa secuestrado por el Señor tu Dios que vive y reina por los siglos de los siglos. Odien los tontos. Ámen los sabios y no vean a menudo a los muchachos drogarse en avenidas.

viernes, 8 de febrero de 2013

El corcel

Como corcel sin brida es este muchacho. Lo sabe cada bugambilia. 
El patio es un párpado observando el sol.  
Yo, a espaldas de Xadani, el cuerpo abrazo. Nos deslumbra el reflejo de las ventanas frías. Nos entibia el aire. Nuestros ojos no miran lo que el  patio. 
Suenan risas de niños. No son nosotros. ¿Acaso Importa?
Si la maestra me pregunta: 
 - ¿Por qué no te despegas de él? ¿Eres su sombra?
- No
- ¿Su novio? 
El rubor en mí no existirá más. Se reflejarán sus preguntas en  mis respuestas.
Un día, en clase, nos creíamos santos e imitábamos a Buda. Yo tenía un nombre ridículo, cual las vidas ingenuamente castas. No pisábamos las plantas. En posición de yoga sonreías...

Son interminables las rondas en los jueves en el patio. ¿No crees? ¡Vamos, Sube los escalones con mi peso, Xadani! ¡No te desmorones: sé que puedes como yo puedo quererte! Sostenme mientras hundo mi nariz en tu cabello para oler tu cansancio sublime y tu rubor que sólo yo reconozco mío. Te das cuenta que el patio es infinito y el tiempo no nos dejará recorrerlo. En esta última cabalgata te digo: Antes de que cante el gallo crecerás y te dará pudor todo esto. "Nunca te rechazaré, dirás" Y el gallo cantará tu adolescencia.
Al salir de clases, te vi en la banqueta jugando seriamente.Te hubiese, mi equilibrista, acompañado por el riel de la  acera, donde pervive tu infancia como un árbol que crece en la orilla del río llamado Amor. Yo sería el contrapeso que impida tu caída, la hamaca suspendida por hilos que sólo tú y yo hemos visto. Pero no te preocupe la caída: te acompañaré.  Será un placer ahogarnos en el río que bañó mis botas amarillas en mis años de infancia.  
Te cosí un perro de fieltro: blanco y negro como un fotograma. Te escribí una esquela que no se sabía carta de amor. En ella dije que te extrañaría. Te la envié con tu madre. Se despidió de la mía. Los adultos se despiden con risas y falsas promesas. Jamás lo entenderé.
Quise preguntar a mi espejo si nos volveríamos a ver, mas lo vi convertido en añicos.

Partes como en un duelo de revólveres, sin volver la mirada. Ruge el mar que disfraza el ruido de tus pasos. Las lágrimas que fueron retenidas no tendrán galardón ni castigo. Dispara Amor su flecha de plomo. Siento un peso de tiempo inexistente. Un síncope me volví.
El gallo, fatigando el recuerdo, profetizó tu olvido. 

La mezzosoprano en el puente

www.youtube.com/watch?v=CiXnjGirBFQ
Pioneras arias rabiosas y giros autómatas.
Paréntesis.
Muñones ahora rezan.
Amasada por brazos robustos seca gangrena.

Calle limpia con teporochos engastados cual esmeraldas del pavimento.
Sol abrazándolos. Lechos de carne. Sangre de pasto azul que comió el unicornio aún no imaginado.

Muerte de arena en su clepsidra. Mezzo en el puente mira las ondas frías y los granos caer como copos. - Se acaba el tiempo. ¡Házlo de una vez! - Su aria sigue escuhándose. Ya no la veo. ¿Habrá imitado mi soñado suicidio?

Rezos que asa el firmamento.

 En el río...
¿Acaso las Vírgenes Ofelias con sus Niños?
¿Los ciervos garridos de trémulas lenguas?
¿Corderos al horno, jugos gástricos?
¿Líquenes en que se quema el agua, piel de peces?

No

Sólo una pétrea medusa veo recular en el río.
Ni rastro de su voz largamente soñada.

Cantaré.
Parecerá que sigue entre nosotros.

jueves, 7 de febrero de 2013

Toda poesía es brutal





En la penumbra del sol y un viento que nos quema a ratos con su elevación de atmósferas y un perro soberbio al final de la calle negra lamiendo un zapato sin bolear. Caemos en el trance o al menos estamos en proceso. El sueño carcome los nervios con su expresión rutilante. La Venus del cuello largo con su cabeza rota y volteada. Nos sonríe con la boca sangrante. Tenemos miedo del final. Estamos aquí plenamente a oscuras yo y el infinito en el tacto.

No me gusta arder tras los acantilados enfurecidos y la crisis monetaria que nos hará pedazos la vida futura, nos condenará a vagar errantes en pos de un sueño llamado capital. El no pensamiento, la conciencia muerta y otra vez los parajes esfumados y las mortíferas alimañas de cierzo. Dante perplejo en un cuadro.
  
Un cubo enorme que nos mira y un párpado fantasmagórico rodando por las escaleras. Mujer cabeza de cerillo al aceite de sardinas rusas entonando himnos a la maravilla de la envidia.

Soles, amor y vida consideran una misma relativa armonía al final de la condición humana, siempre anómala y asediada por los milanos que desgarran los cuerpos y trozan las tibias con sus picos de gracia. Parten las alegrías como judíos en masa al paredón.

Mis ojos cansados de no verte corren tras ti y corren sin hallarte. Te sientas en una repisa como un pisapapeles.  Te veo sonreír como un duende misterioso.

Olas de sol o sangre cuajadas de sal y recuerdos de la playa vasta y su extensión de besos. Gruñen las mareas y lloran mis ojos, mi cuerpo tumbado frente las olas y su extensión de aceite, ceniza y muerte.

El llanto eterno de los sentidos y mi nostalgia inacabable. Un neumático sobre mi espalda horadada de luciérnagas tibias con fruta de los días de lluvia y una mandarina aplastada entre los labios. Sus huesos de mamey triste al tacto. Mis pies sorteando vericuetos. Ex devota amada de los dedos de araña y labios de expiración y luto de muy dentro. Pulmones  no respiran, miembros sin sangre, adoloridos. Falanges rastreras,  piedras inamovibles, comentarios del vulgo y la mujer barbuda que tejió su bufanda con las siete maravillas del mundo. La que vendió nuestros sueños de niño cantando en las avenidas sucias, la que se prostituyo a los viandantes orientales, a los samuráis que treparon la loma para envenenar a los camaradas. Un poco de sal y mentes amantes son misma cartografía inmensa de cutis blancos. Geishas rotas y desnudas en la inmensidad del alfiler y la clemencia de los atardeceres.

Orín canino coronando las obras de los grandes genios. Botellas de rabia. Cristos perfumados en el Gólgota del placer. Un  centurión pidiendo frío para sus brazos. Alzan la copa los amantes y se les rompe el vaso del tiempo al que consagraron sus años más preciosos. Se rompe mi vida, añicos, hecha al par de miedo y  ruido procedente de la calle: rubor de infiernos. Atmósfera de luz y teporochos chingaos por la crisis. Un bello malviviente tirando la jeringa.

Creo que es difícil que el capitalismo salga de estas crisis sin afrontar primer o las causas de su propia corrupción. Pero miren esa ardilla en el camino, como  pide pan y no le dan.  Le dan un hueso, se le atora en el pescuezo, los maderos vienen, van, con la crisis de que les dan, y las deudas, los impuestos, el recorte en sanidad. Tibias armas enfundadas sin razón para salvar el provecho de la patria, grasienta hembra luchona, hembra paridora de patrioteros que se sacrifican como enjambre. 

Fuimos unos niños muy ingenuos al creer en la realidad y sus sombras. Al fin y al cabo las Meninas no ríen en sus cabales. No miramos aquella rama donde se marchita la madre al lado de Cristo negro derruido. Mira mi cuerpo: se consuela con la maraca del alacrán sombrío de amor y veneno, cuerpo de senectud amiga, solaz de los desaparecidos amigos de antes del diluvio. Menguan las fuerzas, turbia alma empatada con el dolor y sus cumbres orgásmicas de sueño, sopor agitado, pesadilla de duendes suicidas que me comen los pies con sus lenguas de cabra. 

Siempre tuve miedo de las alimañas: todo su silencio lo llena; de los enanos en las esquinas pidiendo limosna. Guardan un bebé monstruoso en el regazo, un niño que nos da terror, un niño- cerdo  espantoso, luz del corazón.  Vernos en él…
Muramos pronto. 

Lágrimas no ceden. Un niño muerto en los brazos: es tuyo, eres tú mismo muerto entre tus brazos, acuchillado por la propia madre, tu más cercana amada, la de los áureos dedos y el tacto de arcángel voluble. Tu cuerpo en llamas corre en la avenida sola tras el mar salado donde ahoga su desesperanza sublime y no logra hundir su cuerpo debido a lo espeso de la tiniebla marina. Pero los ballenatos de sal y sebo esperan en el fondo tu resurrección para devorar tus intestinos con sus ansias macabras.  Terror añejo alimentado por la miseria, por las cochinillas del hospital que te perforan el labio, las que te lo cosen con un hilo invisible. 

Son muchos los que observan el circo de criaturas deformes. Aplauden al pasar. Corren en redondel los caballos cojos y tuertos.  Abortan frente al público fetos asquerosos. Las hembras menstrúan en plena función. Vómito y escarcha malolientes. Pescado pudriéndose al sol de mayo. Fieras enmascaradas. 

El refrigerador disonando en la madrugas cerca el oído y escucha su rumor.  Cuando la abuela murió… cuando ella murió… Jugaba en la sala, con las cortinas, y casi me ahorco con la cuerda de las cortinas.  Mi abuela me enjuagó la encía sangrante y lloré frente a una cubeta de agua. Los gatos de la azotea son perseguidos. Siento la nostalgia de la bicicleta en el pasillo, su óxido y su herrumbre bendita.
Te quiero muchachito, amigo. Ven a mi cama. Ven a la casa de la abuela donde tanto amé. Seamos los dos en este cuarto. Riámonos de Cristo en las sábanas y lloremos por el día que no termina. La máscara veneciana de la pared y su sonrisa siniestra. Nos mira Mozart al fondo (Mozart más grande que Jesucristo) y un pony hipocampiano en la puerta nos mira besarnos, muchacho amado.
Los cuadros de la exposición de un niño al borde de la locura.

La camisa de fuerza de Rimbaud en mis labios y la esencia de las amistades.
Las llaves amarradas en torno a sí mismas y la cocina desolada y amarilla cono un retablo.
No estás en la casa, lo lamento. 

La pileta de agua sucia y un charal muerto flotando. La víbora lo ataca. La tierra mojada en mis manos. Alcanfores, menta, limón, hiedra, vidrio roto, molcajete, manos de niña y hierba triturada. Palma y ladrillo. Araña y pelusa corre tras el patio. Tu triciclo de resentimiento apunta hacia el cielo y su estrella más cautiva de celos. Mi hermana de estrellas como un cielo enjuto y sin amamantar. 

Los pechos de las ninfas derraman leche en las gasolineras, embarran los labios de los profetas y sus barbas milenarias como los sueños del hombre. Sucia ventana, sucia ventana. Mendigo que nos pide limosna y se enfada como un energúmeno. Golpea los barrotes y se exhibe desnudo en la ventana y amenaza con violarnos con sus miembro horrible.  Perros al fondo y un castrado entonando arias acompañado de un clavecín macabro. Un castrato terrible, sin extremidades, canta al lado del zaguán. Nos mira con su sonrisa de cretinismo y su vientre desparramado en el suelo, sus dientes machacados y afilados por una lima, su mueca de satán y sus ojos de zopilote ávido. 

Estoy atado al poste y vienen enanos a tocarme con sus manos callosas. Afilan la cuchilla y cercenan mi glande con sus instrumentos. Ponen soga al cuello y preparan la soga. Mi mano está desapareciendo.  Los extraterrestres  que contrató Maussán se la llevaron, los ET que coronaron la casa y a los que les tenía pánico. 

Pedro infante poseyó a la tía metamorfoseado en cisne, y Cástor y Pólux fueron abortados en el excusado; pero esto nadie lo sabe, sino el espejo que guardó el secreto. Gorriones que trinan un despertar y mi dolor inconmensurable de escuchar la música del infierno en mis oídos violados una y otra vez. ¡Di que te gusta, perra! Pero no me gusta. Pajizas charolas de cobre y semen de petróleo al margen del mismo llanto de toda la vida. Mercurio en las venas. Me pierdo en la inmensidad del cuarto de mi propia sangre; y Texcatlipoca blasona sus armas como un cirio de luz enfurecido en la quietud amarga de un amante cálido. Mujer de lana, cochambre y azúcar morena. 

Una hora de amor, un cieno limpio en el habla y un resoplar de inviernos no sospechados. .
Mengua mi fuerza. Se atierra la paciencia de los calamares de sombra parecida al minotauro. Calla de amor y muere de una vez.

Lunas rodando lejos del alcance de mis ojos en cuévanos trocados. Cirios de luz, gemido de las uvas al ser vino. Viñedos inmensos en putrefacción. Barricas reventando de gozo. Luciérnagas de noche frecuentando cantinas, besando borrachos. Condecoraciones de valor a los capitanes estadounidenses y su hazañas sobreestimadas. Vaqueros yanquis sobre las monturas. Películas agrias y repetitivas. Un día fui yo un héroe y herraba mujeres con mis propios dientes. Una mujer de ésas saltó sobre la grupa y no la vi cuando cayó del corcel para perderse en los elementos de la tierra. 

Los deformes esperan el sus cuevas a que llegue El Topo y los salve de eructar sapos que ofenden la noche silenciosa y sus criterios estéticos. Dedico mi sangre a correr manando injurias. Cambiamos de sol constantemente y mordemos el anzuelo de la gloria. Responso de tristeza y mar en calma. Cielo naranja errante, desmesurado y sin vastedad, corto en apariencia, pobre en vientos. Escuelas rotas y sin presupuesto. Columnillas de la nariz son como relámpagos de aceite, chabacanos. 

Consideración final de la langosta. Alacrán que asemeja un calamar o un cocodrilo columpiándose en mis cabellos de mimbre hechos. Nilos de locura berrean en los manicomios. Corren por los patios con sus lenguas de fuera y sus cuerpos mugrientos, sus cabezas calvas y su contento infame. Mirtos coronan sus fauces de chacal y olivos en sus sexos de amor. 

Niños en redondel cantan a la sol enorme y bella. El luna sus almas corrompe. Frecuenta en las noches sus sueños para tocarles la entrepierna con sus manos de agua y sus plumas blancas de te quiero rasgar. Duermen los niños y los toca el luna mientras duermen, duermen y les horada el prepucio la luna con un hilo invisible los une a todos con el hilo. Al despertar son uno solo en una falsa apariencia de unidad. El gallo no reclama nada. El agua bulle en torno a los cuerpos de los niños y los baña con su rumor. Las heridas no sanan y la tierra rasga el pecho al haber descubierto el incesto de la luna con los niños. Los niños son castigados, puestos contra la pared, y en sus nalgas se escriben versos rúnicos para injuriar a las generaciones por venir. Sus sexos están malditos de por vida y engendrarán 
monstruos decrépitos por los siglos de los siglos. Amén. 

Se bañarán las estrellas con su sangre.