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lunes, 28 de octubre de 2013

La vampiresa

La vampiresa, primer avance

La obra se trata de un niño que vive hasta su adolescencia en un orfanato administrado por monjas. En el orfanato hay una madre superiora que es una mujer vampiro encubierta (hasta donde hemos avanzado) La madre, en complicidad con las otras hermanas, abusa emocionalmente de los niños que tiene a su tutela. Esta mujer es muy rica y sólo tiene el orfanato para deducir impuestos y de paso tener niños a los cuales utilizar para sus fines. Los niños suelen hacer los quehaceres bajo la supervisión de las madres. Estas viven una vida de privilegios, son como las damas de compañía de la madre superiora, dispuestas a obedecer en todo.

Las madres arman un coro de niños. En este coro se destaca en especial uno (pueden sugerir un nombre) La madre superiora, que hasta ese momento no hacía sino salir por las noches a buscar sangre, se enamora de este muchacho, y desde ese día lo sigue y lo espía. Una mañana, después de los ensayos de coro, la madre le pide que vaya con él a la dirección, una especie de casa dentro del orfanato. Ella le dice que si no se quiere bañar, que le caería bien. Él pasa a la bañera. Se le ve muy tranquilo. La monja se transforma en murciélago y entra por la ventana del baño. Se vuelve a transformar en mujer. A todo esto el niño entra en un estado de shock. Ella lo tranquiliza diciendo que es algo normal, que ella le tiene mucho cariño. Acto seguido lo toma de la cabeza y le empieza a platicar. El niño está muy asustado y se tapa. Pero ella le quita las manos y le dice que no tiene por qué ocultar su belleza. Es entonces que lo besa y lo empieza a tocar. Le dice que lo quiere mucho...

El niño, a todo esto, tiene reacciones contradictorias. Por un lado odia que le hagan eso, pero por otro siente remordimientos. La madres son las únicas madres (valga la redundancia) que ha conocido. Esta situación dura algún tiempo. No es sino hasta que un día el niño, en la casa de la madre superiora, cuando esta dormía una siesta, agotada de sus aventuras sexuales, toma unas llaves de la pared y abre la puerta de la calle. Al principio no se atreve a salir. Sólo mira el mundo y se da cuenta que la realidad del orfanato no es la totalidad. Deja las llaves en su sitio y se pone a reflexionar acerca de lo que hay allá afuera. Es entonces cuando, después de una noche en que la monja se excitó demasiado y le lastimó el cuello, que decide aventurarse al mundo de afuera.

Sale, en efecto, y vive allí hasta entrado los 24 años. Pero el mundo de afuera le trata igualmente con crudeza. Le ofrecen trabajar en un cabaret gay. Él acepta y no le queda de otra que cantar con una pequeña guitarra y un short como única ropa. En el bar no falta quien lo quiera invitar a salir, pero él siempre los rechaza. Una vez acepta. Esta experiencia lo orillará a vivir algunos encuentros con diversas personas. No lo llenarán. Lo dejarán más vacío. Es entonces cuando piensa regresar con la monja para "vengar" los males que esta le hizo. En el fondo de su ser no busca sino restablecer la relación con la monja, que es de dependencia.

Cuando la monja le ve, después de algún tiempo de no mirarlo, siente de nuevo deseos por él. Hay que agregar que la monja no abusó de ningún otro niño, pues, al igual que el muchacho, ninguno otro le satisfacía. El encuentro fue algo muy perturbador para los dos. La monja le preguntó acerca de su vida y le reprochó: "¿Cómo pudiste abandonarme? Te quería tanto, eran mi nene, mi niño bonito. No te hacía falta nada" A estos reproches él da sus argumentos. Es entonces cuando ella pregunta qué lo hizo regresar. Él dice que al principio pensó que era la pura nostalgia, pero que después sintió deseos de consumar su venganza (Una venganza muy extraña, con tintes "amorosos") Es cuando, ya en pleno uso de su fuerza de hombre, somete a la monja y la abusa sexualmente.
Son algunas ideas que se tienen por el momento y que habría que desarrollar más detenidamente y compaginar con otras para armar la historia. Nada aquí es definitivo. Pueden hacer sus sugerencias sobre el tema.

Algunas otras sugerencias son: El niño tiene ciertos monólogos. En estos se escucha música religiosa de fondo cantada por algún niño. Para la monja, debido a que es un personaje oscuro, sugiero acompañarla con música de órgano, quizá alguna pieza de Bach con tintes oscuros. Y a los demás niños podemos tomarlos como un conjunto aparte.

II

Este es un fragmento del poema que leí la vez pasada y del cual pueden extraerse algunas ideas. En principio tiene diferencias con el concepto anterior, ya que este es más nuevo. En este poema la madre superiora permite y disfruta que los otros chicos lo maltraten y abusen. Luego se discutirá si es conveniente incluir los niños sádicos:

Las monjas eran mujeres muy cálidas. En mi imaginación poética las disfrazo de rameras de Cristo. Eran las hermanas. Una me arrastró por el patio alguna vez. Es un recuerdo mocho, taciturno.

Un día las monjas me colocaron castigado en medio del hospicio por haberme orinado. Me tuvieron desnudo entre las camas de los niños. Ellos reían cada uno con un demonio de peluche. La Madre superiora me pintó con parsimonia. Desfilé en ridículo festín sobre el galgo esponjoso haciendo acrobacias más propias de un caballo sobre una res hinchada y hedionda. Moscas rompieron a volar, tremendas, sobre mi tímpano: escozor podrido. Me flagelaban las miradas. Yo lo disfrutaba.

El señorito sadismo, Ralph, un niño de una novela que leí en mi adolescencia tendió una red de dientes de piraña sobre mí. Un espejo se quebró en alguna de las salas. Llovía en la calle. Vi un cuadro impresionista de una madre con su hija. El señorito palpó mis muslos y cató mis labios. Cerré los ojos con esfuerzo inútil ante el brillar de un sol imberbe y poroso, una cascada turbia de lenguas de fogata. Dijo que no me venderían como esclavo, que no estaba listo para la faena. Los niños hicieron una ronda. Movían sus cabezas infernales de un lado a otro mientras danzaban una fuga macabra. Poco a poco se iban desprendiendo de agujas, trozos de terciopelo, dinosaurios extraños, polillas muertas y saltamontes incompletos. Todo esto iba formando una pequeña montaña en torno a mí. Oía sus risas atronadoras, sus burlas lanzadas a fuerza de resorterazos, sus balidos de idiotas romper la bóveda de mármol y los oropeles fatuos de las habitaciones.

Todos los niños ahora me llevaban en andas a comulgar con el becerro de oro. Me montaron sobre el ídolo y me dieron vítores. Babeaba como un César ante un manjar de glorias. El señorito sadismo ordeno a los muchachos: "Hay que dividirnos sus ropas. El que llegue primero a la boca del infierno gana. El último es vieja" Todos llegaron a la boca del infierno, a la boca del capitalismo, donde me ofertaron ante las medusas y los cíclopes.

El señorito tuvo algunas delicadezas conmigo. Me dijo: "Mañana vendrá la abuela de Eréndira para enseñarte los gajes del oficio". No entendí. Entonces vinieron las monjitas. Curaron mis llagas, me bañaron en leche de burra y llenaron mi cama con mirtos y cempasúchiles. Me levantaron las cinco, dos de las manos, dos de los pies, una de la cintura. Me hice el dormido. Ralph me untó un ungüento de alcanfores por todo el cuerpo, disfrutando de todo el acto, castigándome dulcemente con sus besos ahogados de formol sobre las antiguas cicatrices. Absorbí las sustancias analgésicas. Me llevaron arrastrando por un piso cubierto de rosas, como el cadáver de Ofelia en el río.

Iba como un Narciso deformado por la amargura, riendo con los labios y con los ojos muertos. Cada niño me daba una palmada en la espalda o en los muslos. Algunos me rasguñaban el escroto con ternura infinita. Yo no lloraba, pues soy muy hombrecito. Sólo derramaba, muy de vez en cuando, una lágrima de dicha.

Las mareas me causan cierto agotamiento. Cuando sumerjo las piernas en la arena mojada siento que me tragarán las ninfas para abusarme y regarme con su leche ácida para dejarme ciego. Giro en el pasto para olvidarlo todo, como en la guardería giraba para sentir el sol y el pasto acariciante. Lo arrancaba en la palma de la mano y lo olisqueaba.

Segundo avance de la historia

Este es otro anticipo de la historia de la vampiresa. Hace falta perfeccionar. Son algunas ideas que deben desarrollarse para dar cuerpo a la obra. Algunas proceden de mi experiencia personal y otras son meramente literarias. Les sugiero que hagan aportes, críticas, observaciones, aclaraciones…

Una noche de invierno, mientras cantaba el Salve Regina de Pergolesi en el coro del orfanato, noté ciertas extrañas miradas de la madre superiora. Yo era el primero del coro y supuse que ello se debía a que había fallado alguna nota o algo fuera de lugar había ocurrido. No le tomé mucha importancia por el momento. Cuando bajé del altar junto con los demás niños, supe que algo no andaba bien. La madre superiora parecía algo perturbada, como yo cuando me quedo ensayando hasta tarde los motetes que se han de presentar en la misas de importancia. Eran las únicas ocasiones en que venía gente de fuera a vernos. Nuestro único contacto con el exterior. A mí me halagaban mucho y estaba contento de ello. Yo, en ese tiempo solía ser muy devoto de Jesucristo; le encomendaba de corazón toda la inocencia de mi voz, todo mi ser iba tras él como un lucero va a ras del cielo. Yo no entendía qué mortificaba tanto a la madre superiora. Por el momento.

Extraño aquellos días en que solía jugar con mis compañeros en el orfanato. Desde luego, no todos eran mis amigos. Había uno entre ellos, Ralph, un muchacho rebelde que tuvo serios conflictos con las monjas, que no me agradaba en absoluto. A veces sí. Creo que si hubiese conocido las desgracias que acarrearía mi falta de carácter, mi apariencia dócil y, según las palabras de algunos, mi hermosura, que yo no la escogí si es tal, nada de esto habría ocurrido. Preferiría ser un animal. He rogado largamente al Señor que me convierta en un árbol, para no sentir más esta opresión de me va desgranando por dentro, esta infamia que corre por mis venas y se derrama como un líquido grasiento y vergonzante, como si contara a todos mis secretos, como si contara que, a pesar de todo, yo disfrutaba ese horror.

Yo era muy niño cuando ingresé al orfanato. Creo que mi mamá se llamaba Dolores o algo así. Era una actriz de cine. Dicen que murió de una sobredosis. No sé qué creer. Me contaron que cuando me llevaron con la tía Aurora, esta no me quiso recibir porque tenía muchas bocas que alimentar, y era su segundo matrimonio, y quería llevarlo a buen término. Fue así como me llevaron con mi abuela. Apenas la recuerdo. Era una viejita toda arrugada que me quería mucho. A veces deliraba cosas: contaba que Pedro Infante se metía a los cuadros, que la vecina de enfrente, ya fallecida, se le aparecía entre sueños. Comprendo que era su única y mejor amiga. Desde entonces quedó muy sola y aferrada a ese recuerdo. Me acuerdo bien el día de su muerte. Fue una semana después de que nuestros periquitos australianos murieran. Primero se murió la hembra, que era la amarilla. El macho murió casi al día siguiente. La abuela, a la que ya le fallaba la memoria, había olvidado meterlos dentro de la casa. Esa noche había lloviznado. No sé, pero cuando esos animalitos murieron, algo se heló dentro de la abuela.

Teníamos un piano viejo en casa. Allí aprendí, a los tres años, a tocar de oído algunas piezas de Cri-Cri, claro que tanteándole al teclado. A las coristas de las canciones yo las imaginaba como mi tía Ana. Tenían voces similares a cuando ella cantaba. Fue a los Estados Unidos a buscar fortuna. Solía escribirnos. Cuando escuchaba la canción del ropero inmediatamente me situaba en el cuarto de la abuela. Era pequeño pero confortable. Solía dormir con ella. Los dos nos quedábamos dormidos mientras ella miraba la tele en uno de esos canales de noticias. Son unos de mis pocos recuerdos de ella. Yo pensaba que su periódico era un cuento, y se lo pasaba a su sillón en donde estaba su lupa de mesa. Solamente así lo leía bien. Recuerdo que el día de mi cumpleaños, del único que me acuerdo haber celebrado, me dio un gato de cuerda con un tambor. Era yo muy feliz. También es cierto que una vez me regañó por no comerme las limas e ir a tirarlas a la maceta; pero eso no fue culpa mía: estaban muy agrias.

La abuela murió mientras escuchaba unos boleros  de su época. Yo no lo advertí enseguida. A veces se quedaba mucho tiempo dormida. Solía pasar cuando se quedaba de noche a tejer mantitas y yo soñaba. A mí me gustaba jugar con los hilos. Sus preferidas eran las de Nochebuenas. También las mías. A veces, en sueños, la veo en la sala la que la vi por última vez de pie. Ella me da consejos, me dice que me porte bien. Yo la abrazo y le digo que sí, que seré un buen chico. Siento que las monjas me obligaron a traicionar mi promesa, que me ensuciaron de lodo y no estaré presentable a la abuela. De noche sueño que vuelo, muy lejos del orfanato, hasta el techo del cielo, donde no se puede elevar uno más. Me quedo como atorado en el firmamento. Me daría pena que mi abuela supiese todo lo que he hecho. Ojalá algún día pueda perdonarme.

A los tres días de muerta mi abuela, como yo lloraba mucho en el patio, los vecinos acudieron. Todos decían: pobre niño. ¿Qué va a ser de su vida ahora que se quedó sin familia? “No podemos adoptarlo, ya está algo grandecito” decían unos. “Hay que notificar a las autoridades, decían otros” Fue así como a los tres días de muerta la abuela, llegó una trabajadora social a colocarme en una casa hogar. Recabó mis datos, o al menos eso aparentaba, y me trajo, así, sin más, al orfanato del que no volví a salir hasta entrados los quince años. Allí me educaron las monjas. Eran muy estrictas y nos paraban a las siete de la mañana a la misa. Yo, para no estar sentado allí, aburriéndome, decidí que tenía que entrar al coro. Ellos estaban más privilegiados y no los regañaban por no hincarse, no persignarse y esas cosas. Permanecíamos en el altar mayor, junto al órgano, esperando que una de las madres nos indicara los compases. Yo canté el Ave María, Oremus pontefice nostro, algunos credos y padres nuestros. Amaba las arias barrocas, era cuando me lucía y era el único momento en que sentía que todos me respetaban, incluso las madres, que eran tan celosas de su vanidad. En la capilla era un ser privilegiado por sobre los otros.

Afuera, por las muchas envidias que me tenían, era vejado e insultado. Alguna vez me dijeron que era una marica, que cantaba como puto. Un día un niño me dijo que como parecía niña, debía de chuparla bien rico. Yo me enojé y le dije que era un tonto. Me empujó. Caí sobre una banca y me raspé el codo. Grité. La monja, que nos estaba leyendo un poema de Catulo que nos hacía repetir insistentemente: “Amabo, mea dulcis Hipsitila, mea deliciaes…” me sacó de la clase y me dijo que no anduviera dando el mal ejemplo. Yo me fui a llorar al patio junto a la estatua de Sor Juana, la única monja que admiré a lo largo de mi vida. Ella no era una cabrona, tampoco Sor Mercedes, era la única que no les seguía el juego a las demás. Esa estatua era mi única confidente. Un día le canté un aria de amor, de aquellas de los compositores antiguos. Noté ciertas risitas en la ventana de las recámaras de los niños. Uno me señalaba mientras otros más reían. Uno se puso de espaldas y fingió estar besándose con alguien. No terminé mi aria y me fui afuera de la dirección, donde los niños no solían ir si no los llamaban. Allí me dejarían en paz. Grave error.

La Madre Superiora, que parecía estar en todo, me dijo que no les hiciera caso a esos niños, que yo era un chico muy listo y muy hermoso, que ellos eran unos recogidos. Me invitó a entrar a su apartado, al que hasta ese día no había mirado por dentro. Estaba a un lado del orfanato. Recuerdo que tenía un sillón rojo en el pasillo. No lo ocupaba. Parecía estar predestinado para alguien que no había llegado. Me senté en la sala. Me dijo que me metiera a bañar: “Si las heridas no se lavan, se infectan” me dijo al tiempo que me estiraba una toalla verde. Yo fui a la tina. Nunca me había usado una. Le pregunté que cómo se bañaba uno allí y me dijo que abriera la llave, como en la regadera, y cuando estuviera llena, me metiera. Cuando la madre superiora salió, puse seguro a la puerta, me desvestí e hice lo indicado. Una vez estuve sumergido hasta el cuello, me entró cierta somnolencia y cabecee un poco. De pronto sentí cono si mi campo de visión fuese un espejo que ondulaba y hacía un ruido como de crujir de madera. Me sentí algo mareado. Me sentí desorientado. Empecé a ver extraños colores, como rombos rojizos y figuras como de caleidoscopio. En ese momento no supe si se trataba de un sueño, pero escuché claramente el batir de unas alas en la ventanilla. Sentí como si la ventanilla se cimbrara bajo un sismo. De pronto, sin aviso, la Madre Superiora estaba frente a mí. Yo me quedé como congelado. Abrí muy grandes los ojos y me ruboricé. Me tape con las manos. Ella parecía divertirse con todo ello. No comprendí que estaba sucediendo. Ella se acercó a mí. Se sentó al borde de la bañera y empezó a acariciarme el vientre. Yo le dije que me pasara la toalla, que me daba pena, pero ella parecía no escucharme. Dijo que era un “chico especial” que todo ello lo hacía para demostrarme su amor. Yo sentí que me iba a otro sitio. Sentí que me zumbaba la cabeza. Mi ser se negó a seguir escuchando. Era como si ello fuese parte de una de esas películas que luego ponían las madres a escondidas, cuando creían que nosotros estábamos dormidos, como Saló o los 120 días de Sodoma, Las mil y una noches y el Decamerón.
La monja me tocaba ahora, su mano era como una araña que iba y se iba, como en un oleaje que iba creciendo con la marea. De pronto tuvo mis partes en sus manos. Allí se detuvo como se detiene una serpiente a observar la presa. Se hizo un silencio eterno, como el que hay tras los réquiems. Yo empecé a temblar y a chocar los dientes. Ya no trataba de impedir nada. La monja me sacó de la bañera. Caí como un Cristo muerto en los brazos de la Piedad. Comenzó a besarme el rostro, los labios, el vientre, los muslos, como intentando revivirme. “La patita, con canasta y con rebozo de bolita”, cantaba en mi imaginación, como ahuyentando interminables moscas ante el cadáver: yo. Como un niño campesino pretende ahuyentar a las langostas que devoran su cosecha y termina derrotado, caí dentro de mí en una serie de espejos que veía romperse monótonamente. Lloré sin gemidos, sin abrir los ojos. Lágrimas saladas en mi boca. Iban los labios de la monja a recogerlas. Me llevó a su dormitorio y allí jugó conmigo. Me vestía de muñeco, me volteaba y me revisaba. Cuando yo estaba ante ella me decía: muy bien, muy bien. Ya entrada la noche, me besó con más fuerza que de costumbre, pero se contuvo, como si temiese algo.

Esa noche no fui a dormir con los chicos. Ella me tuvo en su cama, abrazado por la espalda, muy fuerte, aprisionándome, como una boa que está por devorar la presa. Me decía que si me gustaba. Yo sabía, por el tono de su voz, que si decía que no, algo grave pasaría. Le dije que más o menos. Me sentía tan desamparado. Cerraba los ojos y dentro de mi mente llamaba a la abuela: “Ven por mí, llévame contigo.” Abría los ojos y allí estaba la fría pared y una mano helada que me acariciaba el cabello. La Madre me dijo que como me estaba portando bien y no me quejaba, que me daría un pedazo de pastel de chocolate, de ese que me gustaba. Di un triste “Si” por respuesta. “No rechaces mi amor, me decía” “Lo que hacemos está bien ante los ojos de Dios” “Tu cuerpo es para que lo disfrutes.  Yo te estoy enseñando.”

Otra tarde, en que estaba solo en clase, durmiendo encima del escritorio, la Madre Superiora pidió a las monjas que se oficiara la misa de cuerpo presente de Don Alberto en el patio rojo. Ese patio de “los calderos”, como lo llamaban los chicos. Se decía que las monjas eran brujas y que conocían mucho de sustancias, tal vez un chisme creado por las mismas para dominarnos con el terror.

Recuerdo que en una de mis pesadillas soñé que estaba en el laboratorio obteniendo una solución de ácido sulfúrico diluido, no sé con qué fin. Llovía mucho. El techo se hinchó como si fuese de aserrín mojado. Se empezó a desmoronar. Se abrió una ventana al cielo. La madre superiora se acercó para regañarme. Pero yo escapé por el orificio y me di a volar al cielo, donde supuestamente podría reclamarle a Dios los malos tratos. Mas mientras volaba, noté que me agotaba demasiado pronto y que lo remontado era poco. Poco a poco comencé a descender como un globo que se queda sin gas. La monja se reía de mi intento, me mostraba sus colmillos y me hacía señas. La monja dio un gran salto. Caía de nuevo en el patio. Maldije mi suerte. Cuando soñaba con todo esto, no paraba de sollozar. Cuando desperté me di cuenta que había estado llorando todo el sueño. Había dejado prendida mi radio en un concierto extraño, inarmónico. Me fui  encerrar al baño y tuve la cabeza contra la pared por espacio de media hora. Un niño me interrumpió gritando desde afuera: ¿Por qué no sales? Lo oí como en un sueño alcohólico. Tardé en comprender. Salí del baño. Me miró de reojo, con sospecha.

Desde lo sucedido tenía constantes pesadillas. A veces veía a la monja recostada en mi cama. Yo quería dormir, mas ella ocupaba mi sitio. Me acostaba en el rincón. Escuchaba a Cristo reírse de mí. Otras, soñaba que los niños estaban cubiertos por un velo. Yo sabía que alguno de ellos era la monja.

Al escapar del orfanato tuve intentos de noviazgo con algunas chicas, si es que se le puede llamar de ese modo. Una vez, en la biblioteca del CCH, cercana al Club donde trabajaba, conocí a una chica: Vanesa. Era rubia, de ojos verdes. Al principio fui muy tímido. Le di una carta breve que remataba con unos versos muy cursis. Me eché a correr a todo lo que daba. Volteó de un lado a otro, desorientada “Espera, espera”, me dijo cuándo me vio correr hacia la salida. También reía. Su amiga estaba sorprendida igualmente. La regañó el bibliotecario con algo que no alcancé a escuchar. Nunca le hablé. Nos mirábamos. Algunas veces ella estaba  muy seria y otras me veía riendo desde la distancia. Nunca pude hacer nada con ella. Me aterraban las mujeres.

En otra ocasión conocí a una muchacha llamada Tania. Ella fue la que me invitó a salir. Yo le dije que estaba feo. “Para nada, me contestó” Tuve dificultades para relacionarme con ella, pero, al final, creí entregarle mi confianza. Nunca le di un beso. Un día ella me dijo que me quería. Yo me quedé con los ojos fijos en la pared blanca, sin contestar. La última vez que estuvimos juntos fue cuando me llevó a su apartamento. Empecé a acariciarla, nunca lo había hecho. Puse mi mano en su entrepierna. Una noche helada rompió encima de mí su llanto delirante, sus coágulos de nieve hirviente. Empecé a temblar y no controlaba mi lengua. Me dio una fiebre de terror. Quite mi mano como de una tiza. Ella me dijo ¿Qué te pasa? con tal tranquilidad que me asustó más. No contesté y temblé en la cama, enredándome en las cobijas, hasta que me quedé dormido... Desperté en la madrugada. La vi en el sillón. Yo, sin hacer ruido, me escabullí de su apartamento sin siquiera despedirme.

Nada me satisfacía. Cada que eyaculaba sentía que me disipaba y no alcanzaba lo prometido por las fiebres. Sentí que ese deseo era sádico en sí mismo. A pesar de lo terrible de la madre, sólo ella pudo hacerme gozar por momentos. En algunos momentos me convencía que ese pudor que sentía cuando me veía y tocaba era en realidad bueno y placentero. Me abría, por así decirlo, las puertas del placer. A lo más que llegó fue a felarme detrás del escritorio. Decía que me haría el amor.

Cuando la vampira me poseía, solía contarme chistes y hacerme cosquillas, como para disipar mi nerviosismo. A veces sí me reía y se me olvidaba todo por un instante. Otras, me hacía preguntas escabrosas ¿De quién es este burrito que no ha comido hierba en la casa de la buena mesa? Otras, simplemente, ponía música y me arrullaba en sus brazos. Siempre supo anticipar mis estados de ánimo para divertirse a mi costa. A veces yo mismo la buscaba. Era tal su talento de manipulación, que luego iba yo solo a que me entretuviera.

El internado era más o menos grande. Un muro exterior lo apartaba. Era una pequeña ciudad prohibida donde la majestad absoluta era la Madre. No había nadie que nos pudiese auxiliar Las monjas tenían todo controlado como un gueto, la prisión de las infancias. La salida constaba de una gran puerta de hierro con dos enormes candados. ¿Qué podría haber hecho ante la mujer vampiro, Papisa de sangre?

También toleré y algunas veces busqué los abusos para tratar de averiguar su vida a través de los documentos de su oficina. Fue allí que me enteré de su alianza con el régimen y sus inversiones en compañías que apenas pagaban impuestos. Amasaba una enorme fortuna, al grado de que había ayudado a alcaldes, senadores y hasta a un gobernador del Estado de México a cambio de favores.

Un día, cuando había hecho tomar a la monja unos tequilas y me le había ofrecido voluntariamente para  hacer que me contara la verdad, esta me mordió en el cuello. Luego se disculpó, y borracha, me contó que descendía del Conde Drácula. Cómo no lo sospeché, si era una rumana sanguinaria. Me confesó que su abuelo Sergei intentó violarla. En la lucha, ella lo rasguñó, y, él, en venganza, la mordió en la mano. Me dijo que ella era vampiresa desde entonces, que sentía una identificación conmigo, pues ella había sido una niña muy sola. Su padre rara vez la veía y su madre se iba de juerga con cuanto hombre conocía. Un día encontró a su madre con un hombre en su cuarto. Ella vio la escena y fue a contarle a su padre. Este, en un arranque de ira, se despachó al amante y sacó, a punta de golpes, a su esposa a la calle. Ella lloraba debajo de la mesa mientras decía: “Por favor, papá, no le pegues”. Me dijo que ella no quiso cometer el error de su madre: el de casarse con un hombre déspota. Que por eso yo era su favorito, que era tan tierno. Supe que tuvo alguna correspondencia con Marcial Maciel, pero no sé sobre el contenido de las mismas.

Los personajes están ante un jurado de lo penal y dan sus declaraciones

La vampiresa Adela Stefania

Yo soy  una persona muy trabajadora. Desde chica me ha gustado invertir en bienes raíces, tomar empresas en quiebra y hacerlas crecer. Mi papá era un noble rumano, latifundista. Estaba en contra de los bolcheviques. Gracias a él y a otros patriotas mi país se libró del comunismo. Él me quería ver a su semejanza: una persona de éxito. Vine a México con mi tío Nicolae porque aquí había grandes oportunidades para los emprendedores. Mi padre vendió algunas de sus tierras para que pudiese comenzar con mis negocios. Tenía gran visión empresarial. Me enseñó que la riqueza no tiene nada de malo, que es un bien que hay que apreciar en su justo valor. Sólo los mediocres se quejan del sistema. Todavía que se les da trabajo alegan que somos injustos. Si no es por nosotros, los inversionistas, no se crearían empleos. Por otra parte, los niños de mi fundación, en su mayoría, no fueron agradecidos conmigo.

Siempre fui muy entregada a mi sociedad muy devota de mis principios cristianos. Me dediqué a invertir en industrias panaderas. Me dediqué a apoyar fundaciones humanitarias como Los Legionarios de Cristo y, últimamente, el Teletón.

Yo tengo la certeza de que mis adversarios indujeron a este hombre desequilibrado, tal vez mediante un pago o coerción, a contar esta historia absurda de que yo lo abusaba y de que era una vampiresa. No creerá vuestra señoría también que soy sobrina del Conde Drácula. Faltaba más. Son ridiculeces que han fabricado mis detractores y los que envidian mi éxito empresarial. Como siempre, me acusan de todo, hasta de lavado de dinero. Pero no hay tales pruebas. Exigen respeto, pero no lo tienen conmigo.

Este hombre, que me acusa de supuestos abusos, siempre tuvo una desmedida fantasía. Pregunte a los testigos. Estamos aquí, no para escuchar historias fantásticas, sino para que se haga justo castigo a este hombre que profanó la casa hogar para violarme descaradamente.

Él era como un hijo para mí. Es cierto que era el primero en el coro. Pero nunca tuvo los pies en la tierra. Se dormía en las clases de teología. Escapaba al patio a jugar con los insectos y sus amigos.
Exijo que cuando se demuestre su culpabilidad, me dé una disculpa pública por dañar mi imagen.

Testimonio de Ralph

Algunas cosas que Leonardo cuenta son ciertas. Confieso que lo maltrataba. En esos años yo era un muchacho muy resentido. Le tenía envidia y a la vez lo deseaba. Cometí muchos errores, pero si no hubiese sido por las monjas, los hubiese rectificado con prontitud. Yo era el más grande del orfanato, al que le tocaba más lavar baños. Cuando consideraban que no lo hacía lo suficientemente bien, me abofeteaban; igual cuando olvidaba otros deberes o la lección de la clase. Yo quería desquitarme de todo ese odio que guardaba, y lo hacía con los otros niños. Las monjas me manipulaban. Me hacían creer que si las imitaba en sadismo conseguiría acceder a su círculo de privilegios, y no me maltratarían más. Confieso que una vez, cuando estábamos en el patio, una de las monjas, todas eran unas reprimidas sexuales, me prometió que si humillaba a Leonardo podría librarme de los baños. No recuerdo bien, pero creo que lo besé en la boca y lo humillé de muchas maneras. Estuvo mal. Era muy cobarde y no supe decir que no.

Un día me rebelé contra ellas. Me negué a hacer los deberes. A esto, me llevaron arrastrando por el patio y quisieron obligarme a disculparme en público ante todos los muchachos. Las llamé perras. Me llevaron al patio de atrás. Me ataron a una encina. Sentí los azotes. “Cristo murió por ti y tú te niegas a obedecer sus mandamientos sirviendo al prójimo” Me decían al compás de los golpes secos de la vara.

Desde entonces me sentí como un perro condicionado para agredir a la orden del amo. Me volví tan sádico que me asustaba a mí mismo.

Cuando las monjas vieron que yo me imponía a los demás niños y los trataba cual súbditos, me concedieron el privilegio de entrar a su círculo de poder. Un día, en el patio rojo, dos niños me preguntaron ¿Por qué hemos de obedecerte? Porque soy el rey, les dije. Les di la espalda y salí del patio con arrogancia. Llegué a extraviarme tanto que le pedí a la madre superiora una capa de terciopelo rojo. Me pavoneaba con ella por todo el orfanato, dando órdenes por aquí y por allá. “Bésame el zapato” “Limpien aquí y acá”. Unos me admiraban, los más me temían, pues a una acusación mía, venían las monjas por ellos y los castigaban. Yo a veces me reía; otras, me sentía francamente mal. Las monjas eran maestras del adoctrinamiento sádico. Me daban libros del marqués. Un día leí la historia de Justine. Decidí que yo sería un maldito, para no sufrir.

Pero en las noches me invadía un terror indecible. Soñaba que los niños me cargaban hasta una pared, y que me apedreaban. Despertaba envuelto en un sudor frío. Miraba a los pequeños. Todos descansaban sin enterarse de nada. Como si supieran que el terreno de la noche no me pertenecía. Era su pequeña venganza. Fue entonces que me arrepentí de mi despotismo. Resolví dejar, a como diese lugar, ese asqueroso lugar que me había corrompido. Comencé a cavar un túnel en el patio trasero de la escuela, al que le decían el Pinacate. Lo comencé en una parte frondosa, las buganvilias espesas me ayudaron a cubrirlo. Tomó tiempo. Mientras, hubo rencillas entre los muchachos, que se veían por fin librados de mi presencia. Jorge ya se autoproclamaba Jefe, e imitaba mis pedantes y autoritarios ademanes.  No hacía caso. Mi único deseo era salir de ese sitio en el que mi orfandad naufragó a la perdición.

Cuando logré escapar me di cuenta de todo lo que me habían hecho perder, todos los momentos que hubiesen podido ser pero fueron masacrados por las terribles hermanas, más bestiales que las brujas de Macbeth, al menos ellas eran honestas.

Testimonio de una monja

Yo trabajé largo rato para la señora. La paga era buena. Yo vengo de una familia católica bastante numerosa que no podía pagarme mis estudios de música. Tuve que trabajar para costearme dichos estudios. Pero no logré conseguir mi título profesional. Cuando era niña prendí a tocar el órgano en la iglesia de mi pueblo, me enseño un padre muy generoso. Yo quería tocar en las misas de alguna catedral importante. Siempre soñé con la música, es algo que comparto con Leonardo.

Un día, mientras iba al mandado, una mujer me extendió un volante: “Se ofrece  trabajar con niños en orfanato. Buena paga. Presentarse en…” Allí me recibió la señora. Una mujer muy seria y grave, que me dio un formulario y me ordenó llenarlo. El silencio era sepulcral. Llenado el formato, se lo entregué. Ella me dio un talón de pago para el examen y me dijo que debía cubrirse antes del sábado, día de la evaluación. Esta se aplicaría en el salón 101ª en un horario de 9:00 a 2:00.

Llegué el día del examen. Me hicieron largas y tediosas pruebas de personalidad. Desde las 9 a las tres  y media me tuvieron contestando cuestionarios, interpretando manchas, contando historias acerca de ciertos dibujos que me presentaban, completando frases. Me dijeron que viniese por los resultados en unas 2 semanas. Tal sucedió en la lista de los aceptados no aparecía mi nombre. Buscaba y rebuscaba y no lo hallaba. Fue hasta que vi una lista general con mi nombre. Lo acompañaba un solitario pero contundente NO. Me sentí defraudada, tantos trámites para nada. Lloré en el camino al microbús e intenté consolarme. Ya encontraría empleo.

Al lunes siguiente, en la mañana, no quería contestar el teléfono. Pero tuve una corazonada y, a pesar de mi mala racha, fui a contestar. Me informaron que siempre sí estaba aceptada, pero que estaba a prueba, que debía seguir al pie de la letra todo cuanto se me ordenara. Yo estaba contenta, por un lado, pero por otro me sentí triste, pues mi amiga Ximena ya me había invitado de tecladista a su salón de fiestas. No era lo que yo soñaba, pero era una verdadera amiga que me hubiese apoyado. Nunca terminaré de arrepentirme.

El orfanato era todo menos cristiano. Esos niños eran los olvidados en los que las monjas vertían su escoria y su hipocresía. Alguna vez llegué a pensar que el examen era para seleccionar a las más manipulables, que yo era una inadaptada a esas condiciones de dominación, que por eso me habían puesto a prueba. Tomé rato en cavilar acerca de todo esto y llegué a la conclusión de que todo estaba orquestado por la señora.

Yo traté, ahora sé que tratando no se consigue nada, de cambiar la vida del orfanato, de hacerle a los niños la vida menos miserable. Me esforzaba por enseñarles cantos, de alegrarles un poco la vida, de hacérselas más humana. Fracasé. Me culpo por ello. No tuve la inteligencia suficiente para sobreponerme a los designios de la señora.

Leonardo era un niño muy aplicado en música. Como veía mucho interés por parte de él, le regalé todos mis discos de Mozart, Haendel, Vivaldi, Pergolesi, Bach, Rameau… Él los guardaba bajo su cama. Yo lo apreciaba mucho. Una vez noté ciertas actitudes raras de la señora hacia él, creo que debí de imaginarme lo que ocurría.

Cuando golpearon a Ralph, llegué al límite de mi tolerancia. Pedí a la señora autorización para salir del orfanato. Sólo ella poseía un juego de llaves. Nos tenía secuestradas en el lugar. Ella me dio la espalda y me cerró la puerta de su oficina. “Quien entra aquí, como en el infierno, no sale si no lo digo” alcancé a escuchar. Un día, entré a la oficina de la madre forzando la cerradura con un alambre. Telefonee a la Procuraduría. Me ponía muy nerviosa, pues no contestaban. Al principio hablaba tan quedito que me pedían que hablara más alto. Dije que no podía. Luego hablé con más calma y expliqué la situación. Me tomaron como una mujer desequilibrada, pero me dijeron que para presentar una denuncia debía ir a la Procuraduría y levantar un oficio. Que así nada se podía hacer. En eso iba a decir que me tenían secuestrada, pues así era, cuando llegó la señora como de la nada y desconectó el cable del teléfono. Me agarró de los cabellos, me abofeteó y me llamó traidora. Amenazó con matarme a mí o a uno de los niños si volvía a intentarlo. En mi mente esa mujer era una personalidad hitleriana que nos tenía a todos en su campo de concentración y nos obligaba a participar de su teatro macabro. Me puso en vergüenza ante las demás madres. No me bajaron de puta.


Esa noche quise suicidarme con la cuerda de las cortinas, pero en eso entró Ralph llorando a mi celda, y no quise montar una escena. Yo lo consolé y le dije que no había culpa en querer desobedecer a las monjas, pero que si no lo hacíamos, él y yo sufriríamos todavía más de su brutalidad. 

lunes, 21 de octubre de 2013

Canto florido

Yo soy Cycni,
entono cuicatl
junto con los amigos alfileres
o espinas de maguey
nocturnas.
Canto-rasgo venas y garganta.

Cánticos vulgares de rameras
fundo como el oro;
los entono al ritmo de un Mozart
gol pean do-un a ta bal
entre plumajes anchos
y ruinas de mi cuerpo agusanado.

Omar me da sus flores,
indio hermoso
olor a mantequilla, leche
y niño cantarín
y zumbador como mosca de la miel;
nostálgico siempre.

Pero por aquí y allá veo floriposas marchitarse.
¡Quién sabe cuantas aves cayeron!

La sirena

La sirena

Amaba a una sirena
y cada fin de semana
con mi tripulación
iba a escuchar su canto sugestivo
atado yo a un mástil
los marinos todos eran sordos
Siempre yo les gritaba me soltasen
Siempre ignoraban lo que yo decía
Y el dulce canto en oscilar fluía
como si fuese el último
siempre el último

Y sucedió que un día
enmudeció su canto esa sirena
y yo
al mástil atado
como Ulises
me intrigué de no escuchar su canto
y verla casi muerta en un escollo

Entonces
me desató una fuerza sobrehumana
y ordené a los marinos
subieran
a la criatura lánguida y aún bella
a la cubierta húmeda y salina

La criatura apenas se movía
algas sus brazos débiles y mustios
cual rota fantasía en mundo de adultos
cual culto a la razón enajenado

Todo lo comprendí al mirar su rostro

No pude más
y me aferré a la roca
e imité el cántico de las sirenas
con voz forzosamente afeminada

Y sucedió el milagro
la sirena
se levantó y saltó hacia el promontorio
Entonces comprendí que era la roca
la que daba fuerza al canto
lo que a tantos hechizaba

Me empotré en el canto
y no hubo más

y se ahogó la sirena

E n p a z d e s c a n s e

Primer sueño de amor

Regreso al pasado brumoso del tiempo inaudito,
la niña cantada en mis versos esfinge parece,
es mi hija que corre sonriente en el patio infinito,
que juega al jazmín y en columpio de rosas se mece.

La bruma oscurece el paisaje, la oculta en herbáceos
vapores, renace en la núbil mujer consentida,
se dice mi amante y me ofrece sus labios rosáceos,
me siembra en el alma la hierba que cura mi herida.

Palpita su pecho, suspira su aliento embriagante,
del mármol que nace en Carrara su rostro parece
mas goza blandura de armiño de olor excitante.

Y vuelvo mis ojos de niño a su seno calmante,
degusto su leche al tiempo que suave me mece;
es tal su poder que es mi hija, mi madre y mi amante.

El niño del Insurgentes

Yo no sé si contarte un cuento o dejarte dormir como un niño. Sé que tu rostro seguirá riendo como ese día afuera de la tienda de muebles. Se descompuso el microbús y yo contaba los tres pesos. Pero como tienes tantas ganas de que te cuente una historia… Había una vez un muchacho que era yo que tomó tres pesos para pagar su pasaje y se subió al pesero que decía CU. Todo transcurría con normalidad. Cuando llegó a Insurgentes, el microbús comenzó a echar humo y el conductor nos bajó a todos porque el pesero no podía seguir la ruta. Yo me fastidié un poco, pues llevaba algo de retraso y llegaría tarde a la clase de biología. Fue entonces cuando pasaste tú, niño, como una ráfaga de palomas silvestres, como el llanto de la naturaleza, como la criatura más amada de los dioses, con tu rostro de agua y tus ojos silvestres y juguetones, tu risa a todas luces infantil. Y mi infinito pudor por ver en ti una felicidad de la que yo no soy socio, y de la que sólo tú me haces partícipe con tu sonrisa que más bien me sabe a una burla macabra del destino, que se ríe de mi a través de quien tanto amo. 

Llevo como un daguerrotipo antiguo cosido dentro del iris, con tu imagen que todo lo abarca y por la cual veo desde hoy la existencia. 

Hubieras sido mi hijo. Sonreías con la intensidad de mi llanto. Tenías los mismos ojos, pero alegres. Los mismos labios, mas sonrientes, no rotos por la marca de la infamia. Yo era hecho a tu semejanza, pero con el barro carcomido de las largas miserias de las que ni Satanás se apiada.

Danza con Minu

I

Amor, mi tierno amor:
¿dónde fuiste, muchacho, a danzar
con unicornios blancos
al compás de la música astral...?

II

Al danzar, niño, siento que hasta el sueño
del dios es el que sueño entre mi sueño.

Al danzar, niño, siento que los astros
me mueven con sus hilos de oro puro.

Te lloro en cada gesto y cada trazo.
Signos aéreos pintan tu figura.
Casi alga soy en mar sediento y breve.

Por ese movimiento gira el mundo;
por él de pluma soy y luz perpetua,
henchido en un desmayo-movimiento
en éxtasis de cisne traspasado.

Me acaricia la luz que me moldea,
cuando, húmedo ardo en mi fragancia;
y ya el rubor me cubre mis mejillas;
y las flores de Eros me exorcisan
hasta llegar al lecho de Minuestis,
y verme en el espejo de su frente.

Muerte barroca

Húmico lecho do descansa el resto
de del ave la ahijada, descompuesta.
De la Parca las húmidas mascotas
cabalgarán los campos peregrinos.
Hirióse no la espada a quemarropa,
como Dido, por Eneas, despechada;
ni ya de Tisbe el engañado amante
fue la émula de tan brutal tragedia.
Saeta no vibró en insigne pecho,
ni un mazo su vorágine y camino
detuvo en las insignias de Atenea.
Fue de los bordes el veloz veneno:
talón de Aquiles, Paris de su flecha,
de Harntli el beso, dueña de los cetros;
humedad que al Mictlán la precipita.

De Ixtlilton, su placebo fracasado;
de Harntli, las anímicas arenas;
de Cycni, los quetzales enjaulados;
de Minu, las palomas de sus venas
fueron del ave amada los designios.
Si esta del colibrí no es la tragedia,
fue Ahuízotl el agüero infausto,
y, aun más, de Xochipilli, son falacias.

El baño

"(...)

Del cíngulo papal la suave seda
no superó de Minu la blandura
ni del dios trancisneado la alba Leda
más blanca fue que bella la criatura.
Helena se disuelve en humareda
al lado de tan ínclita apostura;
pues no hay mujer por bella o cariñosa
que la beldad de Minu iguale airosa.

Y, mientras lleno la nívea bañera
con la leche de las llamas divinas,
un colibrí revolotea en la esfera
mostrándome cifras sibilinas
en la mística piel terciopelera
del niño de las manos cristalinas.
Del muchacho es un tarot la espalda
en que el futuro teje su guirnalda.

Hunde, lento, su suave piececito
en la leche por las dalias perfumada.
Su esbelto y sosegado cuerpecito
sumérgese en la tina apaciguada.
Su rostro humecta un nácar exquisito,
y de gracia su piel se ve colmada.
Su desnudez es santa, pues la aurora
en él tiene su casa acogedora.

Del dolor los bálsamos lo libran;
Sonríe con su sonrisa aligerada
que del daño, los ímpetus desfibran.
Me mira fijamente su mirada,
y hay copos de luz que en ella vibran,
y una estrella de Xiuh divinizada.
Abre los labios y dice con dulzura
cosas que en mí ejercen con presura:

- Ven, amigo, allégate a mi lado
y cuéntame una historia entretenida
una tragedia de tan triste estado
donde una arboleda frutecida
siembre amor en un pecho enamorado;
y al son de su confusa y frágil vida
la sequía destruya su cosecha,
y ascienda al alto cielo triste endecha.

- Bien, Minu, contaré la historia
de una mujer de vida transitoria
y un muchacho de agudos desvaríos
e ilusiones de niño. Divertíos:

(...)

Divertimento del sueño

I

Con el murmurio blando del astro ultraterreno
respira somnolienta la niña en su colchón,
sus breves rizos besan su desnudado seno
como aura milagrosa de estrella del Orión.

II

- Que crimen lascivo provoca el botón de azucena,
tu plántula firme y estrecha de sano pecado,
tu espléndida fuente meliflua de huerto rosado,
tu vasta llanura garrida de piel no morena.

¡si fueras jinete que al trote domase mi vena...!
- ¡oh, calla, mi amado!, el prístino abismo templado
será el intimista y primario baúl de tu pena;
desboca tus potros al fértil resguardo del prado.

- Me deja hechizado tu prócer berilo escarlata
- pues palpa, del éter, sus dotes termales,
y enclava tu indómito ariete en mi puerta beata.

Exhala en mi honor sus argénteos gemidos joviales.
despierto del sueño farsante y doy cuenta en mi errata:
fue sólo insolente quimera de sedas irreales.

Verdadero motivo

¿Por qué me enamoré de ti muchacha?
no fueron tus facciones ni alegrías,
tampoco tu mirar: fulgente hacha
que corta de raíz mis cobardías.

Tampoco concha nácar de tus dientes,
tus ojos que son más clarividentes,
tu voz que a ruiseñores aventaja,
tus manos que recogen mi migaja.

Vamos a ser sinceros niña mía,
me enamoré de ti tan simplemente
porque creí que mi dolor te hería,

porque olvidé mi soledad patente,
al pensar que mi dolor lo comprendía
tu alma de bondad pura y silente.

Noche de la última ninfa

Cielo amante,
triste alpaca,
luna opaca,
muerta errante descansando en su sarcófago de nardos.
Fieros cardos.

Los árboles serios tiritan de sueño,
suicídanse faunos mascando beleño.

Los seres de sombras inertes se posan
en copas arbóreas teñidas en rojos,
los férricos monstruos tiranos destrozan
los cantos sublimes de los petirrojos.

Lácteos ojos,
vidrio turbio,
los abrojos
del suburbio que consume de la ninfa su guarida,
Grave herida.

Mil grillos traducen idiomas arcaicos,
centauros observan las pocas estrellas,
el hombre no escucha los ritmos trocaicos
del viento que gime rasgado en centellas.

El humus del homo liquida ilusiones,
subyuga los cuerpos de todas las hadas,
olvida del ave las raras canciones,
y a Venus la mata con sus puñaladas.

El Pico del Águila flota, cual fiera sombría, en la cumbre de Ajusco
y la última ninfa tirita de olvido hundiéndose en cieno negruzco,
y dota su escuálida lágrima al suelo marchito,
y fija sus ojos tristísimos al infinito.

La dama del etéreo ruiseñor

En un Cisne suavemente me paseaba,
“el humus del suelo es pariente del homo”
decía el Cisne Oscuro mientras despegaba
conmigo teniéndome entre su lomo.

En un caballo blanco cabalgaba
“La Dama del Etéreo Ruiseñor”
y en ondas vaporosas se ocultaba,
en ondas de letargo y de sopor.

no supe su destino reservado,
ni lo que la incitó a transfigurarse
en brumas de ese bosque apaciguado,

mas sé que tornará a exteriorizarse
y me revelará el secreto amado
que puede en gran delicia transformarse.

Las bodas de Minuestis

Ha llegado, Minu, el aciago día
En que el quetzal en otro tiempo afable
se rendirá al grillete que evadía
la soledad otrora detestable.
No hay más que hacer contra la suerte impía
que me procura hado inescrutable.
Di adiós a tu hualmishcu compañero.
Mi destino se ha visto volandero.

Y ya que de otro amor la tierna mano
has de tomar, impávido y sereno,
sin inmutar tu aliento soberano;
como un quetzal en jaula de tungsteno
volaré en mi prisión, en daño insano.
Ayunaré de ti, tras longo ayuno,
mis plumas quedarán, cuerpo ninguno.

¿Así me dejas, Minu congraciado?
No me dejes, ruégotelo, mancebo
¿Así, tan solo triste y desgraciado,
y lejos de los brazos de mi efebo?
Alejado de ti, Minu adorado,
carcomeré mi pena en el Erebo;
en un Mictlán, y un Barzaj, y un Averno;
en Xibalbá, en el Orco, en el Infierno.

Pues, sea de mi dolor la medicina
una hilandera parca de la muerte;
y la ninfa y el sátiro y la ondina
de mi ilusión primera, ahora inerte,
suiciden la esperanza adamantina.
Ceniza sean de mi funesta suerte
pavesas que derraman los volcanes,
veneno de protervos alacranes”

Remanso es donde dejas tu semilla

Remanso es donde dejas tu semilla:
un ígneo rayo a Tonatiuh robado
y en mi triste persona coronado.
No hay sol donde ya almuerce la criadilla.

Si piensas que yo he hundido, mujercilla,
en vírgenes lagunas mi cayado,
te engañas: de mi limbo no han hurtado
la oculta y siempreviva maravilla.

Desperdigada más está tu casa,
lechuza sin mochuelo. Te he dejado.
Te dejo para siempre. Ya no abraza

mi espíritu lo huraño de tu estado
ni lisonjea tu donación escasa
ni lame tu migaja anonadado.

Huída del mundo (soneto sin rima)

La sulfúrica sangre en mis foliolos
Dejar yo quiero ya, pues es ya es bastante
Soportar tanta infamia del progreso:
acero con cristal, falto de vida.

Vayamos a la casa del cenzontle.
Vayamos donde moran los quetzales
no a celador asfalto de aspereza
en que sin público ruedan las tristezas.

Vayamos donde Newton no nos toque
con científico dedo ni nos sigan
los metálicos búfalos de la urbe.

Y en indígena canto nos unamos
A Tloque Nahuaque; y conozcamos
Venas nuevas de mística templanza

Canto de despedida y muerte Poema rescatado

Quiero dejar mi lágrima postrera
en tu manita tierna y amorosa;
en ti, pues en verdad tú me quisiste.
Daré un último beso a mi quimera,
me extasiaré con la doliente rosa
que me acompaña al mundo de lo triste
mientras mi ser en el vivir subsiste.
Me llevará una brisa temporera,
humosa tolvanera.
Abrazaré ulteriores amapolas,
rememorando a solas
el divino mirar que me imprimiste;
recordando, luego, cuando nos vimos
y por ultima vez nos intuimos.

Prepárate a las próximas nevadas,
que un blanco cisne eleva sus cantares,
(es mi momento acerbo en mis velorios:
ajadas hojarascas en cascadas
derramando sus lágrimas seglares)
cantos por más decir, deambulatorios.
Veo desde mis deshechos abalorios
a mi madre en mi muerte condolerse,
al sueño disolverse,
llorar todas las náyades mi llanto,
perder mi verso encanto
y ungírseme los bálsamos mortuorios
mientras se burla el Cóndor de mi estado
al verme en sus tinieblas derrotado.

¡Siquier pague mi deuda con morirme
al infernal tirano Amor llamado,
ya que sólo se alcanza con la Parca!
Amor, que tanto gozas abatirme:
pido un último apoyo inusitado
a tu arco inflexible y enarcado
en pago de tu destructora marca:
enciéndeme los macilentos cirios;
derrumba mis delirios;
cercena el corazón, ya no lo siento;
da mi postrero aliento
a Caronte, trasládame a su barca;
y cúrame tu saña con mi muerte.
Pido que a nueva vida no despierte.

Ilusión del mundo

Son ilusión la gloria, el vencimiento.
En el mundo no existe el heroísmo.
Hombre y gusano han de ser lo mismo
cuando en el cieno encuentren su aposento.

Es de toda ilusión tu pensamiento.
De la ley, nos rige el determinismo.
Muy natural es el amoralismo,
pues la moral tan sólo es escarmiento.

Parásito es el hombre en este mundo,
depredador que muerde a la natura;
animal engañado, monstruo inmundo.

No hay pecado, virtud, ni hay cordura.
Sin libertad estamos, y es rotundo
que el albedrío libre sólo es locura"

Delirios

Delirante, consume mis huesos en su bolsa de carnes y placenta. Oh, evocativa madre, indio de sangre en vena si la abjuro andando en sus miserias de cardumen.

Evocación, evocación tan sólo entre las mierdas de grandes lenguas doradas crepitando sobre mi liberación minoica, antiyoica, parapetada por simas miradas por las cimas de los propios avernos descarados que lamen falos gigantes con mis sueños enjutos y tenebrosos. 

Incendios, incestos inseguros faunos en la azotea comiendo imágenes revolcadas en la crin caballeresca de mi madre.¡Oh mi evocativa madre de ojos sangrantes: lame los resquicios del precepto y el aire inmaterial encabronado por mis alas de musa amujerada que chilla con en la evocación de mis palabras!

Sólo la evocación de los instantes redivivos queda, sólo sus témpanos truncos en que ahogo el seso nuevamente en la ilógica oración de "Nuevamente iremos por las papas, o "limpia los frijoles", o "la olla en que asaré tu cráneo, tu penecito y tu cuerpito aniñado con los cangrejos está rumiando y exiguiendo tu carne magra.

Somos las madres furiosas en gemir de piedra anguila, con sacos de ranas y Furias cantantes recriminadoras reculando por los ríos en que arrojaste chácharas de los abuelos, cientos y cientos de chácharas bastardas.

En infierno comprendo mis desenamoramientos. De nuevo yo cardúmenes a vuelo, como aquellos de las enciclopedias pececitas voladoras que me lamen los muslos, miembro, vientre, cien mil arañas en los dedos con las que domé a mis lagartos en los bordes del clítoris, de Clitemnestra no, el de su hija y Orestes. 

Yo, de espada sanguinaria, contra la hija ahora, no ola madre, espada contra escudo y mundo; mandado domeñar por mis dominios y agujerando brujas sajonas saludadas, dadas a la náusea con mi sentido por letra de cambio. Mi antiyo junto con mis antimadres me tocan y violan cabronamente mi cuerpecito, mi torso llorón en cincuenta mil cardúmenes de furia:“Chilla, mujercita.” 

Aquí, como una perra grotesca y encuerada, pastando bello púbico la puta, me encuentro y araño nuevamente mis entrañas no parvas, que si locas. Lloro. Ríe la Reina. Vuelve a las andadas y me cachetea los testículos con el dinosaurio de las caricaturas que nunca me han gustado. Mi hermana nuevamente trae gusanos y me los mete a la boca. Me obliga a ver caricaturas. Estallo y yo no puedo a Bob Esponja ver. Hondura de los siete ciervos en las riberas que yo adoro mías yo canto no en las que mi tirana hermana usura en veinte mil "Estás bien loco" y "Que haces con batuta-pincel dirigiendo la orquesta de balidos y luciérnagas de sombra. Yo lloro y entre mis sueños.  Te miro. Oh, mi Rimbaud, ya lúnula mi amante. Oh, mi Rimbaud ya flúmenes de fuego.

2 poemas de la secundaria

El ave herida

Un ave cayó desde las alturas celestes,
herida por la flecha dorada.
Se desangraba al ritmo de su triste caída.
Cayó al negro abismo, al abismo de la soledad.
Y, desde entonces, deambula
en ese laberinto sin salida

Penas de amor

Cupido llegó a mí y me otorgó su flecha,
que, con máscara de encanto,
ha cubierto su faz engañadora.

No me asfixies con tu manto,
ten piedad de mí, hijo de una diosa.
Quita tu red de mí. Libérame
de tus garras mortales.

Yo sólo quise flecha de amor,
nunca pedí garra de hundimiento
en donde ahora me desgarro,
en donde me pierdo,
en donde ya no soy tanto yo,
ni infancia tengo.

Micropoema rescatado

... y desnudo y pudoroso
temblaste bajo el éter de tus muslos.
Quedaste desmayado y ruboroso.

viernes, 4 de octubre de 2013

Limpia de infancia

Limpia de infancia
de libélulas saciada hasta los huesos.
Mi derruida niña en la agujas.
Trigo reventado y esparcido.
Torre transversal y desgranada.
Enigma al fondo de los laberintos.
Hecha a las contraluces de mi espera,
de la fatiga para ti sufrida.

Mi niña, manantial en que se cuecen
unos monos, caníbales hermanos
de la Divina gracia nauseabunda
de tres perras bucólicas hermanas.

Mi niña al filo de mi lengua brava,
sediento mineral que talla el agua;
piedra que pule al cielo y clarifica.
Azafrán henchido en su inocencia arcaica.
Amor bruñido al pie de las estatuas.

Yo conjuro tu nombre, tus hazañas,
 tu sed, tu angustia, tu mirada henchida
de lagos pétreos donde el sol reposa
 impávido después de su carrera
 en parpadeo de arena y de jadeos.

Los mosquitos beben caracoles
de plásticas plumas barnizadas.

El crimen más hermoso en esta esquina
agrada al poeta en su ventana.
Las Julietas se asoman al balcón
y ríen cual locas huérfanas de hospicio.
Voracidad que todo lo aprisiona.
Ganas de tararear el mundo a ciegas,
de perforar un túnel rectilíneo
al núcleo duro de determinantes,
dictadura total del universo.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Las 120 miradas

En estos día en que el absurdo es tan cotidiano, el sueño tan atronador, las carnes tan deshechas en sí mismas, las bibliotecas en la humedad de polillas roen como un conejo al mundo de las ideas. 

Yo soy una marioneta muy graciosa en uno de los pasillos de la sangre y el crimen. En un panfleto revolucionario que está en contra de las privatizaciones inscribo mi lengua para nutrir con los gérmenes de mi locura a una gaviota infame de alas mochas, síntoma de la campamocha rodada al dando el dado de las dos dentritas.

Rojo al amanecer, con mis muslos reventados por los látigos de los patinetos sonámbulos, muchachos al son de la marimba. Cruasanes en un abrir y cerrar de los aceites nítidos. Hambruna en la cárcel. Perro mugriento y azul al fondo de un desfiladero rocoso. Un cardúmen atorado en el ojo de una aguja.

Cuando los indios me molestan con sus pichas filosas, cuando me clavaban sus ariscas uñas en la greña turbada, rompo a llorar como un mendigo roto en la avenida tambaleante. Cállense todos los monigotes. Abran paso a las marmotas y a los cerros desgajándose. Si lo que quieren es cuajar en el cielo atiborrado y barroco, les sugiero disparar contra los remolinos de langostas y chupar sus jugos gástricos para santiguar la vena sagrada de Cristo en incesto con la Virgen. Y Dios con morbo mira el asunto. Seguramente Satanás hará un coro en el mismo infierno con las sandungas y los bailarines calvos de mi juventud. 

Soy un desquiciado al que le gusta lamer las patas del conejo. Soy el padre de las vírgenes vendidas en las esquinas de la roca madre, de la piedra enorme y pulida, rozada por el aceite de las valerianas nauseabundas que inducen al sueño y al tambaleo. Chupetones de rata en la boquita.

Mi niño, aquí está tu lechita de roedor y el cuerpecito de Cristo. Se buen niño y mete la hostia en tu culito. Me decían las monjas mientras me recostaba entre los andenes y robaba el pan a los niños mendigos. ¡Ratas, ratas! Lúbricas medusas que no tienen fin. Yo he visto sus caireles monótonos danzar eternamente sobre las olas rancias de mi propio pulso. 

Las monjas eran mujeres muy cálidas. Creo que no eran monjas: en mi imaginación poética las disfrazo de rameras de Cristo. Eran las hermanas del Kindergarten. Una me arrastró por el patio alguna vez. Es un recuerdo mocho, taciturno. Pulverizando mis enfermos intestinos en una tos al cielo non grata, fablé lenguas de non fiada procedencia. Albaricoques de suave tacto... Sí. Los pedernales sosegaban mi pudor.

Un día las monjas me colocaron castigado enmedio del hospicio por haberme orinado. Me tuvieron desnudo entre las camas de los niños. Ellos reían cada uno con un demonio de peluche. La Castra Diva me pintó con parsimonia. Desfilé en ridículo festín sobre el galgo esponjoso haciendo acrobacias más propias de un caballo sobre una res hinchada y hedionda. Moscas rompieron a volar, tremendas, sobre mi tímpano: escozor podrido. Me flagelaban las miradas. Yo lo disfrutaba. 

El señorito sadismo, Ralph, un niño de una novela que leí en mi adolescencia tendió una red de dientes de piraña sobre mí. Un espejo se quebró en alguna de las salas. Llovía en cla calle. Vi un cuadro impresionista de una madre con su hija. Recuerdo a un caballo: el Juez que castigaría mi sinvergüenza y mi modestia cabrona. El señorito palpó mis muslos y cató mis labios. Cerré los ojos con esfuerzo inútil ante el brillar de un sol imberbe y poroso, una cascada turbia de lenguas de fogata. Dijo que no me venderían como esclavo, que no estaba listo para la faena. Los niños hicieron una ronda. Movian sus cabezas infernales de un lado a otro mientras danzaban una fuga macabra. Poco a poco se iban desprendiendo de agujas, trozos de terciopelo, dinosaurios extraños, polillas muertas y saltamontes incompletos. Todo esto iba formando una pequeña montaña en torno a mí. Oía sus risas atronadoras, sus guijarros lanzados a fuerza de resorterazos, sus balidos de idiotas romper la bóveda de mármol y los oropeles fatuos de la imaginación perversa. 

El cineasta, a todo esto, dirigía a la gran masa como el capitalista dirige a los obreros: a fuerza de mentiras y escoria intelectual. Todos los muchachos estaban drogados y obedecían ciegamente el guión. Yo lo supe hasta que el director interrumpió esta obscena grabación con su típico ¡Corte! Mas pareció salir de sus manos aquella orgia.

Todos los niños ahora me llevaban en andas a comulgar con el becerro de oro de las parafernalias. Me montaron sobre el ídolo y me dieron vítores. Babeaba como un César ante un manjar de glorias. El señorito sadismo ordeno a los muchachos: "Hay que dividirnos sus ropas. El que llegue primero a la boca del infierno gana. El último es vieja" Todos llegaron a la boca del infierno, a la boca del capitalismo, donde me ofertaron ante las medusas y los cíclopes. 

El señorito tuvo algunas delicadezas conmigo. Me dijo: "Mañana vendrá la abuela de Eréndira para enseñarte los gajes del oficio". No entendí. Entonces vinieron las monjitas. Curaron mis llagas, me bañaron el leche de burra y llenaron mi cama con mirtos y cempasúchiles. Me levantaron las cinco, dos de las manos, dos de los pies, una de la cintura. Me hice el dormido. Ralph me untó un ungüento de alcanfores por todo el cuerpo, disfrutando de todo el acto, castigándome dulcemente con sus besos ahogados de formol sobre las antiguas cicatrices. Absorbí las sustancias analgésicas. Me llevaron arrastrando por un piso cubierto de rosas, como el cadáver de Ofelia en el río. 

Iba como un Narciso deformado por la amargura, riendo con los labios y con los ojos muertos. Cada niño me daba una palmada en la espalda o en los muslos. Algunos me rasguñaban el escroto con ternura infinita. Yo no lloraba, pues soy muy hombrecito. Sólo derramaba, muy de vez en cuando, una lágrima de dicha. 

Las mareas me causan cierto agotamiento. Cuando sumergo las piernas en la arena mojada siento que me tragarán las ninfas para abusarme y regarme con su leche ácida para dejarme ciego. Giro en el pasto para olvidarlo todo, como el la guardería giraba para sentir el sol y el pasto acariciante. Lo arrancaba en la palma de la mano y lo olisqueaba. 

No sé que haré cuando el mercado reclame mi carne mallugada. Yo estaba sólo con mi lanza ante un tropel impío que decía llamarse tiempo de la vida. Estoy muy cansado y quiero dormir.

"Ya descansarás cuando te mueras" Me decía la madre superiora. Yo asentí esbozando una sonrisa.

 ¡Bruto animal, bruto animal, pedazo de suadero masticado por un tropel de putas! Decía la Locura en el jardín cambiando manzanas por huesos de durazno.

martes, 1 de octubre de 2013

Respuesta a un fanático

El Universo es para el Hombre, no El Hombre para el Universo

"Nunca se ha producido “artificialmente” ningún ser vivo, ni siquiera un virus, el más sencillo de los seres vivos. Todos los seres vivos que conocemos proceden de otros seres vivos, a través de una larguísima cadena cuyo origen desconoce la ciencia experimental."

http://parroquiaicm.wordpress.com/2013/09/18/el-universo-es-para-el-hombre-no-el-hombre-para-el-universo/comment-page-1/#comment-19601

Mi respuesta a dicho artículo.

Cuando afirmas que un virus es un ser viviente de plano demuestras ignorancia respecto a hechos científicos fundamentales. Esto no pasa de ser un panfleto cristiano etnocéntrico que peca de arrogante al creer que el punto de vista cristiano es el único verdadero. Otras culturas interpretan al mundo desde otras perspectivas. Ustedes no han superado el antropocentrismo. El universo no tiene una función en sí. Ustedes son los que le asignan un significado que no tiene.

Otra de las estupideces más recalcitrantes es asumir que hay un ser inmaterial con sabiduría infinita. Si bien el conocimiento es vastísimo, demasiado para ser abarcado por cualquier inteligencia conocida, es limitado. No podemos hablar de un conocimiento infinito, mas sí podemos hablar de un conocimiento muy inmenso.

Con estas hipótesis del espíritu van de la mano con ideas que nada tienen que ver en fundamentos de la física. Todo en el universo es materia, energía, tiempo... todo es relativamente medible y cuantificable. Su idea del espíritu humano es sólo un producto histórico del pensamiento humano.

Por otro lado quienes deberían dejar de molestar con sus supuestas verdades a las teorías científicas son ustedes. Darwin formuló teorías. Ustedes sólo tienen hipótesis mal fundamentadas.
La Iglesia siempre ha estado en contra de aquellas ideas que minen su autoridad. ¿Acaso no saben que Constantino eligió los evangelios que le parecían más convenientes a su visión política? La Biblia es un instrumento de dominación. Los estúpidos, que no tienen una conciencia crítica, muerden el anzuelo y creen todo cuanto dice dicho libro, presumiendo que es verdad por provenir de una autoridad, que ni siquiera es tal, pues es una entidad imaginaria llamada Dios.

Estoy convencido de los nefastos efectos del Cristianismo en el mundo. Ya Nietzsche vislumbraba que era una moral de débiles. Yo no coincido con toda su filosofía, pero asumo el hecho de que es un insulto a la inteligencia rendir culto a las más perniciosas creaciones humanas: las religiones. Si no me arrodillaría ante el arte de los grandes maestros porque sé que los maestros son artífices de dicho arte y son más valiosos que el mismo, mucho menos ante estos esperpentos creados por una Iglesia sedienta de poder que, con fines económicos, políticos, que poco tienen que ver con una moral en el sentido amplio del término, crean para sus propios intereses: crear una masa temerosa que alimente ese negocio llamado pecado.

La Iglesia tiene paralelismos con lo pornográfico en su representación gore de la crucifixión de Cristo. Esto es pura propaganda surgida de la contrarreforma. La Iglesia es una ramera con disfraz de santa que abusa a los niños y que, por otro lado, está en contra del matrimonio homosexual; y nos da sus razones, que no pasan de ser meras opiniones contestatarias ante una sociedad que despierta del sueño cocainómano de los Salves y los Credos. Desafortunadamente, la televisión y los medios masivos difunden un modelo de vida mediocre y hacen una apología del entretenimiento infantilizante (los niños inteligentes no verían eso) Ahora le quitan el papel protagónico de enajenar a las masas. E igual hacen uso de recursos que muy a menudo apelan al sexo y a la violencia extrema para llamar la atención del televidente. Dirá la Iglesia que ella está en contra de todo esto. No podemos creerle. Si bien la Iglesia es más sutil que la televisión en el uso de la violencia extrema como un recurso, no es menos perversa que estos medios en cuanto a su utilización: conseguir, en este caso, no televidentes, sino fieles pasivos que se mantengan atentos a todo cuanto el padre les diga, que se mantengan acríticos con ese libro ignominioso llamado Biblia, un lastre para la humanidad.