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lunes, 7 de diciembre de 2015

No bautizar a los niños

El fin del bautismo es incorporar al sujeto a la Iglesia como miembro de la comunidad cristiana. Constituye un ritual de transformación de la persona que, por medio de la eficacia simbólica del agua, pasa a ser miembro de la comunidad religiosa. Clifford Geertz nos dice en La religión como sistema cultural: 

«En un acto ritual, el mundo vivido y el mundo imaginado, fusionados por obra de una sola serie de formas simbólicas, llegan a ser el mismo mundo y producen así esa idiosincrásica transformación de la realidad»

La doctrina católica sostiene que sin el bautismo no puede vivirse la fe, que es, un conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas que afirma algo cuya constancia no ha sido demostrada sino que es revelada. Versa sobre lo que no ha sido visto ni demostrado. No es necesario, pues estar bautizado para adherirse a una fe, que resulta ser la creencia en algo no visto ni demostrado. Basta la confianza que el individuo pone en esas verdades psicológicas. Esto trae a la sazón al mito, que se desempeña como una estructura que simbólica que dota de sentido a la fe, ya que esta resuelve las contradicciones internas de su propia estructura.

El bautismo es para el dogma católico "El fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos." Es un rito que permite que el niño pueda acceder a los siguientes niveles de confirmación de la fe. El bautismo, se dice, libera del pecado y nos afirma como hijos de Dios. Se sostiene la infundada idea que desde que nacemos estamos en pecado, puesto que el primer padre heredó este a su descendencia. La idea que supone que Jesús fue enviado a la tierra a morir para librar al hombre del pecado carece de sentido cuando es necesario que el bautismo cumpla esa función.  Esto, además, se pondría en franca contradicción con el enunciado: " El alma que pecare, esa morirá; el hijo no llevará el pecado del padre ni el padre llevará el pecado del hijo; la justicia del justo será sobre él, y la impiedad del impío será sobre él" Ezequiel 20:18 
Para justificar la postura sobre el bautismo, quizá se asuma que la anterior cita está fuera de contexto o se aplica solo al pecado de los hijos de primer padre pecador, y no al del ancestro apical; en este caso, Adán. Para justificar su postura, el cristiano probablemente se  decante sobre este versículo: "Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Romanos 5:18

¿Por qué no bautizar a los niños? ¿Sería negarles vivir "en Cristo"?

La fe es un proceso de asimilación de los valores religiosos del grupo. La fe deriva en una creencia firme sobre la divinidad en cuestión. Si los padres evitan este proceso y educan a su hijo con firmes principios dentro del librepensamiento (que extrañamente puede tener lugar en un entorno dogmático) lo enseñan a formarse sus propios juicios acerca de la realidad del mundo. Si el niño crece y decide que no necesita evidencias para creer en algo, es libre de rechazar el pensamiento científico y libertario en el que se le ha criado. La base sobre la que piensan los padres laicos e ilustrados es la de no adoctrinar al menor en una edad que este no goza de la autonomía ni moral ni mental para asumir una decisión con todas las responsabilidades que conlleva. No bautizar a un niño es afirmar que espera que más adelante, cuando sea un adulto, pueda tomar sus propias decisiones con base a la autonomía. Bautizar a un niño es prefijar en él ciertas expectativas religiosas que, naturalmente, entran en franca oposición con expectativas de otros cultos. Dado que todos los cultos son iguales en tanto son respuestas a discursos míticos, no hay razón alguna para privilegiar al cristianismo por sobre los demás cultos.

No bautizar a un niño es confiar en los valores del humanismo secular. La idea del pecado original se ha aceptado apelando a la autoridad bíblica y la eclesial. Un padre ilustrado descarta el pecado, ya que es una afirmación extraordinaria que no da evidencias de lo que afirma, por tanto, puede rechazarse por medio de la navaja de Hitchens. El niño siempre podrá hacer uso de los planteamientos de una ética no dogmática, humanista  y escéptica, pero siempre podrá, si tal es su decisión, apegarse a la moral de los Evangelios. La educación laica y cientificista crítica amolda al niño a una realidad materialista mucho más firme que la religiosa y es en muchos casos efectiva contra los peligros del pensamiento mágico religioso. No bautizar al niño no es privarlo, sino postergar este acto y someterlo a la propia decisión del sujeto autónomo que pueda hacer uso de él en un futuro. Se dice que el sujeto que decidiese bautizarse tendría que empezar desde cero en la vida cristiana; lo cual es tan cierto como que tendría que empezar desde cero en la vida islámica, para lo cual necesitaría que se le susurrara la llamada a la oración, se le untara miel en la lengua y se sometiera al niño a la aquiqa.

La fe solo se puede dar cuando el sujeto es capaz de aprender los dogmas del grupo social. Una persona incapaz de comprender, al menos, lo más elemental de una doctrina, como la existencia de un dios, no puede tener fe. Creer que un padrino puede hablar en nombre de los deseos de un niño es por demás absurdo. No bautizar a un niño indica que los padres deciden no incorporar a su hijo a las comunidades religiosas que hacen uso de este rito. Un padre que bautiza a su hijo lo hace en la creencia de que el bautismo es necesario para que entre en comunión con el dios cristiano. Un padre que no bautiza a su hijo pasa de este dogma y se apega a lo que es en realidad más probable: el bautismo es un rito de integración a la comunidad cristiana, y no tiene una eficacia real, sino una eficacia simbólica, que opera sobre la unidad social en la que el niño se desenvuelve.

Los padres que no bautizan a sus hijos y deciden mantenerlos lejos de las instituciones religiosas les hacen un bien. Los valores religiosos pueden ser sustituidos con una ética razonada que nos ayude a definir qué es bueno y qué es malo, no en función de los deseos de un dios, sino en función de nuestra responsabilidad moral con las personas, los animales y las cosas. En fin: de los productos de la realidad material. Los valores religiosos postulan un corpus de ideas morales incuestionables, que subrayan su rechazo hacia otras formas de sexualidad que el mito particular no comparte. Muchos de los postulados morales de la religión se basan en juicios irracionales y no constituyen una guía con la que debamos tratar al prójimo.

Se argumenta que el bautismo es una especie de medicina que es proporcionada al niño para limpiarlo del pecado original; que no podemos privarlo del mismo por el simple hecho de que no es consciente de ello. Se asegura que es un tipo de regalo que no debe negarse a ser otorgado dado que el niño no puede aceptarlo. Esta analogía es falsa, dado que una enfermedad es un algo de lo que se pueden objetivarse varias cuestiones: una enfermedad es, a grandes rasgos, una alteración que impide el correcto funcionamiento del organismo, y que regularmente presenta síntomas. Y el bautismo es un rito de eficacia simbólica que, como la homeopatía, opera con una serie de enunciados simbólicos sobre el soma del sujeto en cuestión, y no por una eficacia de tipo química o biológica directa. En el caso del bautismo, este opera sobre una entidad imaginaria llamada pecado. Haré una analogía: el bautismo es como una homeopatía que opera sobre una presunta enfermedad de la que no se tiene la más mínima evidencia. Es creer que todos los niños nacen con catarro y que no hay necesidad de constatar los síntomas, sino limitarse a administrarles un medicamento (realmente un placebo) para aliviar el mismo.

Después del bautismo el niño es integrado como miembro de la comunidad cristiana. No hay una transformación espiritual de ningún tipo, sino que marca el inicio de una posible transformación psicológica. El niño es incapaz de comprender, de momento, el significado simbólico del ritual. La eficacia simbólica va a operar en él indirectamente: a través de los familiares que sí comprenden el significado religioso de la misma. Un niño no bautizado es, en esencia, un ser humano con las mismas posibilidades de ser que uno bautizado. El bautismo se presupone necesario para entrar en el reino de Dios, pero esto no puede aceptarse desde una óptica materialista y científica. El reino de Dios es descartado, igualmente, por falta de evidencias y por la probabilidad infitesimal de que sea algo real, y no mítico.

¿Qué sucede con los niños que mueren sin haber sido bautizados?

Un niño recién nacido no tiene ni juicios morales ni responsabilidad ni autonomía. Si no tiene responsabilidad moral no tiene por qué responder, menos todavía, a una presunta falta cometida por el ancestro apical: Adán. Se afirma que todos hemos heredado el pecado. Esto es como afirmar que el pecado original se transmite como el genoma mitocondrial, pero por una vía que es inaccesible a los sentidos y a la ciencia. Esto es una afirmación sin sustento a la luz del materialismo científico.

Los cadáveres de los bautizados tienen el mismo destino que los no bautizados: el cementerio, el crematorio, la fosa común, etc. El niño, en tanto niño, deja de serlo en el momento de la muerte, dado que lo que lo afirma como ser humano es la misma vida, y pasa a ser materia sin la misma. La Iglesia ha manipulado por siglos al sujeto humano haciéndolo creer depositario de un pecado original para el cual tiene una cura. Una cura imaginaria para una enfermedad imaginaria que deja grandes dividendos a la Iglesia en cuestión. Todo esto nos permite asumir una postura ilustrada, materialista y cientificista acerca de la realidad, y evitar caer en el maniqueísmo religioso y los peligros que conlleva.

Si podemos evitar que nuestros hijos sean parte de una comunidad que privilegia el dogma al librepensamiento; que espera que obedezcan los evangelios, y no a su propia libertad razonada; que desea que reproduzcan un sistema de creencias sin cuestionarlo, y no un pensamiento antiautoritario, es preciso no integrarlos a estos grupos religiosos. El niño, si se pretende que sea libre de adoctrinamiento, no debe dar crédito a un pensamiento que rechaza las evidencias y resuelve, en apariencia, un sinnúmero de contradicciones apelando a la fe. Nuestra confianza, como padres, debería ser para con  el método científico, siempre en constante revisión, perfeccionamiento y profundización de sus teorías; y con la educación laica, humanista e ilustrada extendida al hogar.